Leonardo coleccionable

El placer del coleccionista #se cifra en una sentencia: es mío, es el más caro, es único

Gabriel Albiac
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Hubo el coleccionista, antes de haber el museo. Y, cuando los revolucionarios de 1793 decretaron alzar un monumento a lo intemporal humano, no dispusieron más que de la amalgama de cachivaches y curiosidades de un ilustre coleccionista: el rey de Francia. Y las colecciones reales fueron consagradas templo laico: Museo del Louvre. Y, al caos placentero de quien amontonaba sin jerarquizar un Tiziano con una caracola irisada, un Apolo ateniense con la reliquia de un feto de dos cabezas, sucedió la catalogación sabia que Condorcet pedía. Sólo para lo más sagrado había lugar allí, sólo para los frutos sublimes de la inteligencia. Mas, por debajo del museo, sobrevivió el coleccionista, ese adorador de sus solos deseos. Hasta nosotros.

Pocos ciudadanos habían oído hablar, hace dos meses, del Salvator Mundi, tabla que atesoraba uno de esos faraónicos nuevos ricos que han sido el único legado de la revolución bolchevique. Hoy, ni aun el menos sospechoso de haber puesto jamás los pies en un museo se priva de admirar la maravilla. La transfiguración la operan 450 millones de dólares. No hay ciudadano que escape a la iluminación mirífica que un récord así imprime en las conciencias. Para el caso, hubiera dado igual que lo pagado fuera una lata de chipirones o una rasta de Bob Marley. La sacralidad la pone el precio, no el objeto. No es la utilidad lo que hace preciosa una mercancía. Lo es la potestad de imponer sus equivalencias. A eso llamamos valor de cambio: pura metafísica.

Ante una obra de arte, conviven dos criterios. El del coleccionista, individúa: lo precioso, para él, es atesorar lo que ningún otro tiene, lo único. El museo universaliza: precioso es aquello en que se nos da el ser de un tiempo o, tal vez, de lo humano. El coleccionista persigue firmas, de cuya posesión excluya a los demás coleccionistas: son sólo suyas. El erudito de museo analiza obras. Y disecciona los trazos que, en la larga noche del tiempo atravesada por la obra, marcan huellas de continuidad y de extravío. Ponerles firma, es poco más que un ornamento.

Ante el Salvator Mundi, el sabio anotará la discordancia de ciertos elementos. De pincel, unos: el deterioro de zonas, generado por malas restauraciones. Es un inconveniente menor. Conceptual, otro: la esfera de cristal en la mano izquierda, que viola en modo explícito las leyes de la refracción óptica. Es un inconveniente muy grave, si se recuerda que a Da Vinci pertenece la primera anamorfosis conocida: la del ojo del Codex Atlanticus. Y que, en esa distorsión óptica, como en toda su pintura, a Leonardo lo guía un empeño de matematización innegociable, porque «ninguna certeza hay allá donde uno no pueda aplicar las ciencias matemáticas». Leonardo, que ve el mundo como una colosal ilusión óptica, difícilmente podría violar las leyes de la refracción en su pintura.

Todo eso importa al erudito y al museo. Pero el placer del coleccionista se cifra en una sentencia: es mío, es el más caro, es único. Lo demás no existe.

Gabriel AlbiacGabriel AlbiacArticulista de OpiniónGabriel Albiac