El león en el circo

Ante una colección de hiperventilados pesos ligeros, Aznar salió indemne de la Comisión de Linchamientos

Ignacio Camacho
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A José María Aznar se le pueden objetar muchos defectos, porque los tiene y bien manifiestos, pero en la actualidad no hay ningún líder de su talla en el Congreso. En ese sentido la biología política de la posmodernidad ha involucionado hacia un claro empeoramiento, un retroceso degenerativo que quedó patente en la comparecencia del expresidente en la Comisión de Linchamientos. El veterano de mil combates boxeó sin problemas contra una colección de pesos ligeros, la mayoría empeñados, como Rufián e Iglesias -el más fibroso y consistente de ellos-, en un ajuste retroactivo de cuentas con un pasado que no vivieron. En la ansiedad adanista de los dirigentes nuevos queda pendiente un desajuste insoluble con su propio tiempo; les hubiera gustado hacerse notar en una época que su narcisismo histórico parece echar de menos. Ebrios de suficiencia, le prepararon a Aznar una encerrona sin suficiente entrenamiento y salió de ella impertérrito, incólume, desacomplejado y atusándose la media melena en el espejo.

El viejo león se metió en la jaula sin dejarse impresionar por el aguerrido postureo con que fue recibido. Se mostró como es, granítico, correoso, displicente y encantado de sí mismo. Iba más preparado que sus hiperventilados interrogadores y se les fue vivo. Devolvió uno por uno los mandobles sin acusar el castigo; cada vez que le buscaban el mentón sacaba un golpe al hígado. Además aprovechó la ocasión para escenificar una visible reconciliación con su partido. En realidad, no había roto con el PP sino con el marianismo -no resistió la tentación de compararse con Rajoy resaltando que él no ha tenido que declarar como testigo en ningún juicio- y tras el relevo parecía desear que se notase un expreso acercamiento anímico. Como testimonio, su aportación no sirvió de nada pero eso estaba previsto: como toma y daca, en cambio, resultó más vistoso y lucido que cualquiera de los debates de este Parlamento convertido en un circo.

Esta clase de declaraciones dejan en todo caso bien clara la conclusión de que las presuntas comisiones de investigación no investigan nada. Son una pasarela de personajes de antigua relevancia citados para que una brigada de justicieros populistas, frustrados por no tenerlos delante en los escaños de la Cámara, se desahoguen lanzándoles escupitajos a la cara. Esta clase de autos de fe, en los que sólo falta ponerles a los comparecientes la coroza picuda de la infamia, son inaceptables en una democracia, máxime cuando se trata de causas judicializadas. Todavía no ha salido de ninguna de ellos una revelación sobresaliente o con una mínima sustancia; se gasta dinero de los contribuyentes en una liturgia inútil, mero espectáculo para consumo de las tertulias televisadas. Lo único que averiguamos ayer es que Aznar conserva su arrogancia intacta y que aún está por encima de la media de esta política mediocre y gregaria.

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