El legado

El PP ha perdido el poder, la confianza y el entusiasmo. Nada era como parecía, ni la cohesión ni la solidez del aparato

Ignacio Camacho
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Se hizo raro ver a Rajoy, que hace menos de dos meses se sentía -y era un sentir común- presidente para dos años, despedirse de su partido sin conocer siquiera a su sucesor en el liderazgo. El PP, un partido refractario a los cambios y acostumbrado a moverse con la lentitud de un transatlántico, ha tenido que digerir su crisis de un modo inesperadamente rápido y se le nota el vértigo, la falta de hábito y de habilidad para recomponerse de un salto. Su congreso tiene un aire insoslayable de desenlace forzado. Ha perdido de golpe el poder, la hegemonía, el entusiasmo, la cohesión, el ánimo. Y al abrirse para mirar dentro de sí mismo se ha encontrado con un vacío en el que nada era como parecía ser: ni el censo, ni la unidad interna, ni la solidez del aparato. Una maquinaria pensada para gobernar que fuera del Gobierno sólo es un mecanismo averiado.

Rajoy recibió una organización con casi once millones de votantes, una fuerte implantación territorial y una mayoría social que recogía todo lo que quedaba a la derecha del socialismo. Deja una expectativa de cinco millones de electores, una marca desaparecida en Cataluña y el País Vasco y un bloque ideológico fragmentado por la aparición de otro partido. Ése es su legado como dirigente del PP: una jibarización de influencia que compromete el resto de su notable testamento político. Además de una estela de corrupción que, aunque provenía de la anterior etapa, ha estigmatizado el balance del marianismo.

El ex presidente se ha mantenido neutral en las primarias, porque de lo contrario no tendría sentido el proceso, ya que pudiendo designar a su sucesor renunció a hacerlo. Pero su autocomplaciente discurso de despedida suponía un apoyo implícito a Santamaría en tanto brazo principal de su acción de gobierno. Con Cospedal en la pugna, su tono imparcial hubiese resultado mucho más sincero; ante Casado, sin embargo, le falta autenticidad porque sabe que representa un rumbo nuevo y no hay nada que le guste menos que lo incierto. Los suyos, los miembros de su círculo de confianza, son sorayistas acérrimos. En una formación de corte corporativista, apegada al oficialismo como disciplina y como método, esos detalles constituyen un mensaje de significado manifiesto.

Pero gane quien gane, ambos candidatos son conscientes de que la hégira rajoyana ha caducado. Que los votantes del centro-derecha ya no están cautivos porque han encontrado una alternativa en Ciudadanos. Que tienen que ir a por ellos casa por casa, barrio por barrio, y que sin una oferta y un estilo distintos va resultar imposible reconquistarlos. Que el paradigma de partido atrapalotodo se ha roto y que nadie podrá a corto plazo volver a gobernar en solitario. Que es necesaria otra cultura política, otro lenguaje, otro modelo, otra orientación, otros parámetros. Que, en definitiva, no puede existir un tardomarianismo sin Mariano.

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