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Isabel San Sebastián

Lecciones de una masacre islamista

Nunca una guerra contra el fanatismo se ha ganado con palabrería hueca

Isabel San Sebastián

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Subrayo el apellido «islamista» del acto de barbarie perpetrado en Barcelona y Cambrils porque algunos medios ponen tanto empeño en silenciar la filiación de los terroristas que, con tal de no parecer «islamófobos», acaban llamando «asesina» a la furgoneta. No. Las furgonetas no atropellan a ... peatones inermes por voluntad propia. Los matarifes que el jueves segaron quince vidas inocentes al grito de «¡Alá es grande!» integraban las filas del islamismo combatiente que nos ha declarado la guerra. No una guerra convencional al uso, sino una conflagración sucia, rastrera, traicionera, cobarde, que pone en el punto de mira a civiles indefensos y vuelve contra nosotros los valores de libertad, tolerancia y pluralismo que tardamos siglos en construir. Eran (alguno todavía es) sicarios de ese gran conglomerado fanático empecinado en imponernos su credo, convertido en ley brutal, por la «razón» de la fuerza. Eran (alguno todavía es, puesto que no parece tener intención alguna de inmolarse) terroristas islamistas o islámicos. No musulmanes de bien, como los que sufren en distintas partes del mundo el embate de esas bestias, sino islamistas. Conviene entender la diferencia y tenerla bien presente a la hora de plantarles cara, si es que tal pretensión existe, cosa hoy por hoy dudosa. Dicho lo cual, paso a exponer dos lecciones que extraigo yo de esta masacre:

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