Larry el limpio

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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HAY dos tipos de grandes artistas: los que producen una obra maestra al comienzo de su carrera, para limitarse a repetirse a lo largo de ella, y los que comenzando por obras menores, van poco a poco mejorando su calidad hasta producir auténticas genialidades. García Márquez pertenece al primer grupo. Clint Eastwood, al segundo. El actor que emergió a la pantalla interpretando a Larry el Sucio, aquel policía dispuesto a recorrer sin atenerse a normas la milla extra de una justicia que no cumple su cometido, se ha convertido a estas alturas en un actor consumado y en un director de primerísima clase. Su última película en ambos papeles -que será la última como actor, según nos anuncia-, «Gran Torino», es, sencillamente, una obra maestra. Una película de las que, con suerte, salen un par cada década y cuyo impacto dura por generaciones. Sin sobrarle ni faltarle nada, constituye una sinfonía de imágenes, palabras, gestos y mensajes tan bien ensamblados que resulta imposible decir qué es lo mejor de ella, aunque, naturalmente, la figura de Eastwood se alza sobre el resto, sin por ello aplastarlo. «Un relámpago emocional», la describe un crítico.

Me quedaría, sin embargo, con la estela ética que deja tras sí. Voy a intentar definírsela con una metáfora muy periodística: «Gran Torino» hace más por el entendimiento entre las razas, las religiones, las culturas y las ideas -esa gran tarea de nuestra época- que todos los libros, ensayos, planes y conferencias sobre el asunto promovidos hasta la fecha. Y, encima, proporcionándonos dos horas de emoción, belleza, tristeza y satisfacción, como la vida misma.

Como la vida misma es también el tema: un excombatiente de la guerra de Corea, hosco y gruñón, sigue en su casita de un barrio obrero de Detroit que se va asiatizando. El mundo a su alrededor ha cambiado tanto que ya ni se entiende con sus propios hijos, por no hablar de sus vecinos coreanos. La irrupción de las pandillas juveniles -negros, hispanos, asiáticos- y sus batallas callejeras es el desencadenante de una corriente opuesta, que une a los mayores contra aquella oleada de barbarie que destruye el tejido de toda convivencia civilizada. Es la que lleva al excombatiente a encontrarse sin quererlo en el bando de los vecinos contra los que luchó cincuenta años atrás. El choque de mentalidades da lugar a escenas de un humor muy especial, pero la tragedia acecha tras cada esquina del barrio, cargando la película de tensión a medida que avanza. No les cuento el final porque es lo más bello, lo más redondo, lo más sorprendente, lo más ético de la película y, me atrevo a decir, de cuanto ha producido el cine en mucho tiempo. Porque «Gran Torino» es, sobre todo, una película ética, en medio de la mediocre ampulosidad que nos viene ofreciendo el cine, el arte y la vida pública. Y es ética precisamente lo que más necesitamos en la crisis que estamos metidos. Si todos hiciéramos nuestro trabajo con la honestidad, rigor y altura de miras que Clint Eastwood hace el suyo, sería bastante más fácil superarla.