Larra, las huellas y el pistoletazo

J. J. ARMAS MARCELO
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EN la vida de cualquier escritor español, Larra ha dejado sus huellas de rebelde compulsivo y contradictorio. Su corta vida está llena de sustancia y es larga en experiencias, pasiones de todo tipo, convicciones políticas y sociales. Situado en el tiempo de ayer, hace doscientos años, Larra se lanza como un caballero andante, de la estirpe del Quijote, a conquistar un mundo, España, que le da la callada por respuesta. Antecedente de algunos conspicuos miembros de la Institución Libre de Enseñanza y, desde luego, de la llamada Generación del 98, su misión social se da de bruces ante la ignominiosa estulticia del país al que trata de zarandear con sus artículos del Duende, del Pobrecito Hablador, de Fígaro. Su relaciones familiares, sus amores y amoríos, sus tentaciones políticas, su entera vida, lo hicieron extranjero en España, su propio país, y en Francia, país referencial para su educación. De modo que era español en París y francés en Madrid. El pistoletazo que acabó con su vida, ¿pretendía ser una llamada desesperada contra el silencio que lo ninguneaba o, en todo caso, fue el resultado y la asunción de lo que entendió como un fracaso personal?

De rara y pronta madurez intelectual, Larra poseía una conciencia social adelantada a su tiempo. Satírico, a veces apocalípticos y casi visionario, sus escritos describen a las gentes relevantes de un país sumido en una galopante decadencia, un país que no cuenta ni siquiera para sí mismo, un país que no quiere renunciar a su pasado, que no quiere recordar su futuro ni siquiera como adivinación imaginaria y cuya única pretensión en las clases dominantes es permanecer en el aire del poder: no cambiar nada, salvo la apariencia, para que, en realidad, nada cambie. La vieja prédica maquiavélica, atribuida tantas veces a Lampedusa en sus diferentes variantes, adquiere aquí, en la España de Larra y sus obsesiones seculares, una visibilidad delirante. Mauro Armiño, en sus estudios sobre Larra, cita la autoridad de Pablo de Olavide, para reafirmar «la visión que Larra ofrece de la sociedad española como un monstruo deforme». «Un cuerpo integrado por otros cuerpos menores, separados y opuestos entre sí, que se oprimen y desprecian mutuamente y están en perpetua lucha unos contra otros. Cada provinciano, cada convento, cada profesión, están aislados del resto de la nación, replegados sobre sí mismos... La España actual se nos muestra como un cuerpo sin energías, como una república monstruosa, formada por pequeñas repúblicas que se enfrentan unas a otras porque el interés particular de cada uno se opone al interés general».

Asombroso. Muchos de los datos que Olavide nos da en esta descripción del pasado de España, ¿no lo son también de nuestra actualidad cotidiana en pleno siglo XXI? Si volvemos a leer a Blanco White, exiliado en Londres, nos toparemos con descripciones parecidas, que no ocultan el rechazo subjetivo de aquella España que a veces se parece a la nuestra. Da pavor hacer «mediciones» entre la España de Larra, «la España que mató a Larra», según convicción de muchos de los estudiosos de la época del escritor, y de la España actual, donde, por lo menos en mi criterio, Mariano José de Larra pasaría inadvertido, diseccionado como un elemento marginal, incapaz de «integrarse» en el mundo contemporáneo, un tipo apocalíptico, hiperbólico, tremendista, digno, pues, de ser expulsado de un cuerpo social y de unas élites de las que reclama, como un loco en el desierto, más ética, más estética, más instrucción, más educación, más país. En fin, un inadaptado cuya vida debería estar a resguardo en un frenopático más que paseando su firma por los principales periódicos del país.

En nuestro Bachillerato nos enseñaron mal a Larra. Nos dijeron que era romántico y costumbrista, y nada más. Se nos dijeron sobre él, verdades a media, medias verdades que sumadas hacían una gran mentira y nos negaban la visión del personaje rebelde y aventurero, que llenaba su vida de amoríos y se entregaba a la causa de la vida y la libertad vestido de dandy, y sin conceder a nada ni a nadie un ápice de su estética. Con Larra nos ocurrió como con Espronceda: los leímos en las clases de Literatura bajo la exigencia de una rapidez sospechosa, para que no hicieran huella sus palabras ni en el alma ni mella en las cosas que íbamos aprendiendo. Pero una segunda lectura de Larra nos lo transforma en nuestro contemporáneo eterno. Lo es Kafka, ¿por qué no lo va a ser ese Larra que se adelanta al autor de «Metaformosis» utilizando el bisturí de la crítica satírica en sus artículos periodístico, casi siempre literarios, casi nunca gacetilleros?

Muchos lectores y especialistas en Larra y en la época contradictoria en que vivió el escritor se atreven a afirmar que lo mató España. Tengo para mí que esa es una de las diferencias de aquella España con la España de hoy: ningún Fígaro llegaría hoy al final de sus días por una pasión desbordada por el país. Al contrario, tal Fígaro sería hoy calificado por las élites inquisitoriales de bufón histriónico y atrabiliario, un indeseable con cierto talento ingenioso que pretende a toda costa imponer su firma en una sociedad por fin moderna e integrada en Europa, en ocasiones más «francesa» que la propia Francia y otras muchas veces defensora a ultranza de unas manifestaciones culturales que muchos juzgan bárbaras e impropias de un país civilizado.

Otra de las razones esgrimidas para el pistoletazo es la traición ideológica a la que Larra sometió, al fin, sus criterios políticos: toda su vida de activista en el bando liberal, para pasarse al final al conservador. Y otros tratan de ver en la muerte trágica del escritor la respuesta al fracaso amoroso con Dolores Armijo, amour fou que lo llevó de un lado a otro de la geografía española y que trastornó su alma hasta convertirla en un infierno sentimental. En mi última relectura de «Las cortas vidas» de Larra sala a flote la teoría de la conspiración que cae irremisiblemente sobre el escritor cuya virtud, más allá de sus conveniencias particulares, es atraerse problemas, correr aventuras innecesarias y entregar, como Alonso Quijano al final del Quijote, su alma rebelde y aventurera, romántica y arriesgada a la cordura que la sociedad le ha exigido desde siempre. Quiero decir que todo se confabuló para que el pistoletazo de Larra fuera una realidad en su vida y muerte. Como todo se confabula hoy para hacernos reflexionar, doscientos años después de su nacimiento, sobre el escritor, sobre su condición humana, su inseguridad psíquica, sus anhelos amorosos, su protagonismo político e intelectual. Ahí, en sus páginas, está el dandy envidiado, el hombre diferente, el apasionado, el comprometido con «otra sociedad». Cada una de sus firmas es una huella en nuestra historia y en nuestra memoria de ciudadanos y escritores. Hoy sería un loco, pero un loco genial y bastante peligroso, porque ya se sabe desde hace siglos que el que escribe se proscribe. No sé si sigue siendo cierto que escribir en España es llorar, pero es verdad que los escritores, buenos o malos, corremos el riesgo del pistoletazo de ser proscritos incluso por nuestra secta, siempre que escribamos con total libertad, sin dictados lacayunos y sin doblar la cerviz. Más o menos como Larra.