Lágrimas de cocodrilo

IGNACIO CAMACHO
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ES una lástima que los políticos de amplio recorrido, como Alfonso Guerra, estén presos de su biografía, porque cuando tienen razón en un análisis suelen entrar en contradicción con su trayectoria de pasadas sinrazones. Este Guerra sensato y ponderado que acusa a los dirigentes catalanes de vivir en la estratosfera y de discutir una sentencia que aún no se ha producido es el mismo que como presidente de la Comisión Constitucional se tapó la nariz ante un Estatuto que repudiaba, y el que cuando gobernaba con poderes de valido propuso, ay, asesinar a Montesquieu sometiendo el espíritu de las leyes al soplo de la política. Con la mala fortuna de que en aquel entonces su palabra era de obligado cumplimiento y la separación de poderes quedó indefectiblemente averiada por mecanismos de sumisión diseñados en su propio despacho. Le faltan remordimientos a esta lucidez intelectual del Guerra contemporáneo que tiene la sabiduría senatorial del tribuno veterano curtido en el escepticismo de la perspectiva, pero sin cuya pretérita arrogancia de poderoso no habría hoy epígono capaz de desafiar al sistema judicial con la presión preventiva de quien se cree investido de legitimidad para sentirse dueño del arbitraje.

De aquella petulante maniobra para someter a los jueces al juego de las mayorías proviene esta fatal inclinación a arrogarse la potestad de influir en el criterio de las sentencias; de aquel avasallador blitzkrieg político sobre la independencia de la magistratura se deriva esta peligrosa costumbre intimidatoria que hoy pone al propio Guerra contra el espejo de su antigua doctrina. Otra cosa es que acaso en los tiempos de la dominancia felipista no habrían pasado de presidir una diputación estos montillas que ahora se consideran capacitados para encarnar presuntos liderazgos nacionales desde los que proyectarse en la Historia. Poco le habría durado al vicetodo -poco le duraron, de hecho, los que le tocaron en suerte- un rebelde virreinal encaramado sobre privilegios territoriales; en este jacobinismo de hierro no hay reproches que formular a los antiguos gerifaltes gonzalistas, salvo el de mostrarse en exceso contemplativos con el adanismo de unos herederos dispuestos a demoler lo más sólido de su obra.

Porque quizá ése sea el aspecto más triste de estas razonables críticas de hogaño: su fondo de puñaladitas de pícaro, de lágrimas de cocodrilo, de consuelo verbal inútil y algo tardío de la desolación por una frívola deriva ante la que ya no sólo no tienen influencia de mentores con autoridad moral, sino ni siquiera fuerzas o interés para moderar más allá de un leve desahogo. Este distanciamiento descreído y mordaz no es más que una débil esgrima de salón para aplacar la desazón ante la cosquilla nostálgica de una cierta impotencia; la de comprobar que un tiempo que no es mejor no sólo los alcanza sino que los desborda.