El laberinto de la globalización

Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA
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Si fuera por la delincuencia internacional de las pandillas antiliberales que devastan las sedes de las cumbres internacionales, y por lo sucedido ayer en Barcelona, aunque no se celebren, no merecería la pérdida de un sólo minuto el análisis de las críticas contra la llamada «globalización». Pero dado que parecemos condenados a la palabreja y que no todos los que la emplean para criticarla comparten necesariamente el sereno espíritu pacifista exhibido Seattle, Davos o Barcelona, intentemos comprender de qué pueda tratarse. El término, que no es unívoco, parece aludir a la interdependencia de todos los sucesos a escala planetaria, al hecho de que el mundo se ha vuelto pequeño e interrelacionado, lo que no es lo mismo que decir simple.

Naturalmente no es esto lo que critican ni los energúmenos ni sus compañeros de ideas aunque quizá discrepantes en métodos. Lo que censuran, si es que es posible arrojar luz sobre sus tópicos, es el hecho de que esta globalización se lleve a efecto bajo el dominio del liberalismo y el capitalismo, valga la redundancia. Agitan el fantasma del neoliberalismo y del sistema. Pero sólo se trata de palabras relativamente nuevas para referirse a sus enemigos de siempre: la libertad, el capitalismo y la democracia liberal. Y la coartada es esa confusa amalgama de tópicos, falacias y buenas intenciones que constituye su añejo «ideario».

Sin duda, son criticables, desde la perspectiva de la justicia, muchos aspectos de la realidad mundial, pero la terapia de estos reparadores del mundo es conocida, demasiado conocida. Sus preferencias los delatan. Optar por el subcomandante Marcos frente a, pongamos, Blair, es toda una declaración de principios. Lo que resulta extraño es que si el capitalismo (los que lo califican de salvaje, a juzgar por su propia conducta, saben de lo que hablan) es la mejor opción para las naciones, no alcanzo a entender que pueda ser tan perverso a escala mundial. Mientras todas las naciones libres son capitalistas, ellos pretenden abolir el capitalismo en nombre de la liberación. El «orden mundial» les brinda una última oportunidad que les es negada en el ámbito de los Estados y de las consultas electorales. Ganar elecciones es difícil, pero sembrar el caos en una ciudad está al alcance de cualquiera.

En realidad, la polémica sobre la globalización habría que reconvertirla en otra, mucho más clara y menos novedosa, y que consiste en determinar si cabe imputar o no al capitalismo la responsabilidad principal sobre las miserias y desigualdades del mundo. La cuestión es si en el ámbito de las relaciones económicas entre las naciones deben imperar los principios liberales o los colectivistas, el orden de la libertad o los desmanes de la planificación. Y la solución parece clara, a menos que nos obstinemos en suplantar la realidad por la ideología y nos neguemos a ejercer uno de los atributos del hombre: aprender de sus propios errores. Parece claro que las insoportables miserias del mundo son debidas más a las tiranías, el colectivismo y la violencia que a eventuales abusos de la libertad y del mercado. No es más justo quien más habla de justicia. La violencia y la rapiña no son síntomas de superioridad moral.