Karadzic

DARÍO VALCÁRCEL
Actualizado:

EL domingo se convocaban manifestaciones en distintas ciudades de Serbia para defender la no extradición de Radovan Karadzic, responsable de buena parte de los genocidios de la antigua Yugoslavia. Los pueblos necesitan olvidar. No volvamos sobre el pasado. No reabramos las heridas. Este es, siempre, el argumento de los canallas, sea en Berlín o en París, en Camboya o en las calles de Bogotá, también en Serbia. El problema consiste en que esos canallas se encaraman a veces al gobierno de algún estado. En la Europa democrática, es decir, en la Unión Europea, se ha logrado que salvo excepciones -hay una visible en la Europa del Sur- gobiernen gentes decididas a no olvidar. A recordar. Recordar es lo propio del hombre. El chimpancé o la hiena tienen mala memoria.

Karadzic fue capturado la semana pasada, un mes después de que Boris Tadic formara gobierno, en Belgrado y días después de que sus ministros tomaran el control de los servicios de inteligencia. De inmediato Karadzic fue detenido, en un gesto que refuerza la esperanza en la justicia internacional, o simplemente en la justicia. Tadic es un europeísta, honorable per se, queremos decir, no por su europeísmo. Karadzic era un ejemplo difícilmente superable de la banalización del mal. Mal médico, mal poeta, pero dotado sobre todo de un sentido de la maldad en estado puro, este incesante contador de malos chistes y malas anécdotas, escondía en su melena una mente sana y particularmente perversa. A veces se tiende a encontrar enfermedades psíquicas en grandes criminales. Karadzic, sin embargo, era un tipo perfectamente equilibrado: «Nuestro proyecto no guarda relación alguna con la limpieza étnica, escribía en 1995. Lo que hoy ocurre en Srebrenica es producto del miedo o el caos. No he tenido información sobre lo ocurrido allí estos meses. Son hechos que caen fuera de nuestro control». La evasiva chulería con que este serbo-bosnio hablaba era una nueva tortura a los muertos y a sus familias.

Los servicios de inteligencia serbios mantuvieron a Karadzic en un barrio de clase media al norte de Belgrado, donde ejerció la medicina higienista, él, tan sucio. Dio conferencias y acudió regularmente al mismo bar, próximo a su casa. La ridícula vulgaridad de su disfraz cantaba que él, Karadzic, estaba instalado tranquilamente allí, en aquel piso burgués, porque los servicios serbios lo consentían y lo pagaban.

Cambió el gobierno y la Unión Europea logró tener al fin un interlocutor en el nuevo presidente. Tan pronto Bruselas pudo hablar con Belgrado, Karadzic era detenido. Una tragedia como la ruptura y desintegración de Yugoslavia, se presta a lo que Roger Cohen ha llamado «el estilo evasivo del aquí todos somos culpables».

Europa, disculpen los lectores escépticos, mantiene a través de la Unión Europea algunas espadas al rojo vivo. No se trata de principios ni de valores: ese es un lenguaje trivial y por ello destructor. Las espadas están ahí mientras el fuelle sopla en la fragua: no matar, no torturar, no robar, no abusar del poder ni ocultar sistemáticamente la verdad. Perseguir a los traficantes. Conseguir que, después de años de trabajo, cada ser humano no tenga una insufrible vejez, ayudarle a traspasar la vida con dignidad, ayudar a los hijos a honrar padre y madre, defender a los menores de la explotación y la guerra. En el fondo, Europa no es solo un comercio ni una moneda común: es sobre todo la fragua de esas espadas: precisamente porque ha sufrido y sobre todo causado el mal en dimensiones casi infinitas. Simon Blackburn, profesor de filosofía en Cambridge, escribe sobre Moral Clarity, el último libro de la americano-berlinesa Susan Neiman. No olvidar, advierte, que la villanía coexiste con el heroísmo. Europa tiene entre sus hijos a Platón y a Kant, a Hume y a Montaigne. Los hombres y las mujeres de este planeta necesitan desear la felicidad, cultivar la razón, defender la dignidad de cada individuo, mantener la esperanza en un mundo mejor. Nada de esto puede defenderse sin encerrar de por vida a Karadzic, entre otros culpables todavía vivos. Un candidato que puede ser elegido, Barack Obama, recordaba en Berlín, el día 24, ante 200.000 alemanes, el vínculo que une a europeos y norteamericanos. Blackburn apunta algunos nombres que en América intentaron romper esa antigua alianza, Dick Cheney, Donald Rumsfeld, entre otros, empeñados en olvidar una arraigada tradición. La captura de Karadzic es, se quiera o no, la vuelta de la justicia. Roma acuñó la sentencia hace veintidós siglos: hágase la justicia para que no perezca el mundo.