Justicia ciega

IGNACIO CAMACHO
Actualizado:

A la justicia española no es difícil, por lo visto, tomarle el pelo, como están demostrando los niñatos del caso Marta del Castillo, pero hasta ahora no existía constancia de que se lo dejase tomar con la delectación, autocomplacencia y recochineo que el Tribunal Constitucional ha permitido a los nuevos mamporreros de ETA. Los magistrados del TC necesitan tres o cuatro años para despachar un asunto de mediana urgencia -véase el recurso del Estatuto de Cataluña- y entran en estado de confusión cuando tienen veinticuatro horas para examinar un expediente. Bloqueados por una turbación cataléptica debían de estar los sesudos ropones para no ver la monumental viga de engaño que viajaba en el carro de paja argumental colocado ante sus togas por la defensa de la candidatura-franquicia de los batasunos y dar por bueno un rechazo de la violencia tan ortopédico, abstracto y artificial que habría mosqueado hasta a un coro de ursulinas. Una cosa es que la justicia sea ciega y otra que se lo haga para no tener que enfrentarse a las evidencias.

El Constitucional se ha dejado chulear de un modo infamante, sabe Dios por qué extrañas razones, y más vale no pensar que tenga algo que ver el veterano pique de sus miembros con los colegas del Supremo. Al día siguiente de contemplar cómo los jueces de la «ultima ratio» del sistema dejaban pasar tan panchos su intragable caballo de Troya, los apoderados del conglomerado etarra se quitaron con arrogante alborozo la burda máscara que sólo ha embaucado a quienes dispuestos estaban a dejarse embaucar, mientras Otegi, ese hombre de paz, pedía el voto para sus desembozados amiguetes. Desde el atentado de la calle del Correo -ay, con qué ingenua torpeza creíamos durante la dictadura en los chivos expiatorios- no queda en España nadie que no sepa que el mediocre dramaturgo Alfonso Sastre es como poco un compañero de viaje del delirio terrorista. Pero si en el franquismo todos los gatos eran pardos al anochecer, ya ha llovido bastante para limpiar las legañas de los más perezosos de mirada. Un juez de la democracia no puede confundir un minino con un tigre.

Exultante por el inesperado éxito de su grosera engañifa, un portavoz de la lista mamporrera se encastilló en el sofisma barato del «planteamiento simplista» para evitar una condena explícita de la violencia del terrorismo. «¿Por qué no me preguntáis -dijo con encanallada ambigüedad el fulano- si condenamos la pederastia?». Pues muy sencillo, pedazo de rufián: porque los pederastas son tan repulsivos como vosotros pero no justifican su odiosa perversión con motivos políticos. Porque no hay listas electorales de pedófilos camuflados ni habría ley ni tribunal que lo permitiese. Y porque aquí no se chupa nadie el dedo salvo esa media docena de magistrados de Babia bajo cuya conciencia quedarán las consecuencias de esta ignominia.