El juez que no sabía escuchar

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NO le han faltado al juez Baltasar Garzón avisos de que caminaba por el filo de la legalidad por culpa de su extravagante forma de entender la ley y ejercer la investigación penal. Pero llegó a un punto en que se creyó investido del poder suficiente para crear las normas jurídicas que convenían a sus propósitos. Y así está acabando. La confirmación del auto del magistrado Luciano Varela de no archivar la causa por prevaricación en el sumario del franquismo pone a Baltasar Garzón en las puertas del juicio oral y de la suspensión cautelar como juez, medida que el Consejo General del Poder Judicial debe tomar, por imperativo legal y dignidad institucional, de forma inmediata. Aunque su comité de apoyo insista en que a Garzón se le persigue por investigar el franquismo, cosa que nunca ha hecho, lo cierto es que este polémico juez será juzgado por manipular el Derecho para quedarse con un sumario que no le competía y por unos delitos que no existían. Lo demás es pura propaganda de una parte de la izquierda que ve con angustia cómo se desmorona uno de sus mitos más conspicuos y por el que protesta con un contradictorio discurso contra los más elementales principios del Estado de Derecho, como la legalidad penal, el derecho de defensa o el respeto a las libertades individuales.

Esto último es especialmente grave en relación con las grabaciones del «caso Gürtel», anuladas por el Tribunal Superior de Justicia. Nadie debería sorprenderse de que se anulen las grabaciones, sin cobertura legal, de la comunicación entre un preso y su abogado defensor. Ésta es, como bien dice el auto de los jueces madrileños, esencial para ejercer el derecho de defensa. Garzón ordenó unas grabaciones indiscriminadas de los imputados del «caso Gürtel» con sus letrados actuales y futuros, prejuzgando que todos éstos son y serían cómplices o cooperadores de la trama. Este proceder es inaceptable en un Estado de Derecho, que, además, cuenta con medios suficientes para investigar a un abogado sin tener que irrumpir en las conversaciones confidenciales con su defendido. La nulidad de estas grabaciones no es fruto de una conspiración contra Garzón, sino de la vanidad con que este juez ejerce la jurisdicción. No es la primera vez que unos delincuentes salen beneficiados por la mala instrucción de Garzón. Pero Baltasar Garzón es un juez que ha demostrado no saber escuchar.