Jornada de duelo y odio

El odio sólo genera odio, el sentimiento más negativo que existe

José María Carrascal
Actualizado:

Suele definirse el patriotismo como «amor a la tierra que nos vio nacer, a sus gentes y costumbres». Mientras el nacionalismo es «odio a todos lo demás». Si no tuviéramos bastantes pruebas del sentimiento que barre hoy Cataluña, corroborado por los improperios que Quim Torra ha dedicado a los españoles, su actitud en el aniversario del asesinato múltiple y vesánico de Las Ramblas lo certifica: debería ser un homenaje a las víctimas, inocentes todas, a cargo de esa máquina de asesinar que es el yihadismo. Una jornada de dolor y reflexión sobre la maldad humana cuando el pensamiento único nubla la mente. Pero para el nacionalismo las víctimas son daños colaterales, extras anónimos y prescindibles en su lucha sagrada. Con lo que la jornada de duelo se torna en jornada de odio sordo, reprimido, centrada en los presos, los tribunales y las cargas policiales, sin aludir a los delitos cometidos. En eso, nacionalismo e izquierda, pese a estar en extremos opuestos del espectro ideológico, se creen autorizados a violar las leyes, dada su «superioridad moral».

Me dirán que hay otro nacionalismo: el surgido de la Revolución Francesa, que incorporó las clases media y trabajadora a la nación moderna de derechos y deberes. Y responderé que bajo ella subyace aún la tribu, que ve un enemigo en todo extraño y causó la mayoría de las guerras en los siglos XIX y XX.

Lo paradójico es que ese sentimiento tribal se da en las dos regiones españolas más avanzadas, que deberían ser la vanguardia de la globalización en marcha. No tengo espacio para analizarlo, pero quiero dejar constancia de lo más importante este 17 de agosto: el odio sólo genera odio, el sentimiento más negativo que existe. Aparte de no acabar nunca bien. Para nadie. Como el nacionalismo xenófobo y supremacista, según nos muestra la historia pasada y reciente. La Cataluña de los del lazo amarillo no es abierta, dinámica, moderna. Es una Cataluña cerrada, fanática y pequeña. Tan pequeña que ni siquiera admite a los catalanes que se sienten también españoles, por no hablar de los llegados de fuera, a no ser que se fanaticen como ellos. Es decir, una minoría en la minoría. Pero cabalgando en el corcel del odio, mucho más veloz y pujante que el de la cordura.

Es la razón de que no podamos consentir tal barbaridad. España, mal que bien, puede vivir sin Cataluña. Quienes no podrían vivir en esa Cataluña serían los que no comulgan con el nacionalismo puro y duro. Me lo decía una amiga alemana que ha regresado a su país tras décadas en Barcelona: «Me voy, porque sé que si triunfan estos, no podría vivir como deseo». Puede que lo viera mejor que nosotros. Este 17 de agosto vamos a tener las primeras escaramuzas de la gran batalla que el nacionalismo piensa plantear al Estado español. Vendrá, como siempre: con una mano tendida y un cuchillo en la otra. Cree que el Gobierno, esta vez, se rendirá. No me atrevo a predecir el desenlace. Pero no podemos abandonar a esos compatriotas.

José María CarrascalJosé María CarrascalArticulista de OpiniónJosé María Carrascal