Jesús Caldera

Por Jaime CAMPMANY
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El Partido Socialista (antiguo PSOE) ha puesto a Caldera (a la caldera de Caldera) a toda presión. Caldera está echando chispas o, como dice mi carpintero, cagando leches, que es una expresión con muchas lecturas, según ahora se dice. En la política española, todavía no hemos llegado al turno de partidos, Cánovas después de Sagasta y viceversa. Cuenta don Claudio Sánchez Albornoz en su «Anecdotario político» que el rey Alfonso XII, en su lecho de muerte, se volvió hacia la Reina, y le dijo: «Cristinita, cuando yo muera, guarda el coño y ya sabes, de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas». Rodríguez Zapatero está esperando que le llegue el turno de vestirse de Sagasta, y algunos ya han empezado a llamarle Sagastín.

Zapatero debe aprender aquel invento sagastino de la «filocalia», y para eso podría ilustrarle Alfonso Ussía que, junto a un servidor, es uno de los pocos españoles de este tiempo que ha estudiado la teoría y la práctica de la filocalia. Algo tengo yo escrito acerca de la filocalia sagastina, pero no tengo ganas de levantarme para buscarlo. Además, estoy en Bruselas, lejos de mis revueltos papeles. Aquello de los turnos acabó mal. A Cánovas se lo cargó el anarquista Angiolillo en el balneario de Santa Águeda, y Sagasta contempló la decadencia de su propio partido. Bien es verdad que antes de eso y de morirse, que se murió enseguida, disfrutó del poder y de la mujer de otro, hija de un general carca con la que se fugó pocos minutos después de la boda con el otro maromo.

Aquí no hemos llegado al turno de partidos, pero hemos inventado la santísima dualidad. Cada líder político, ángel o santo, lleva a su lado un demonio con su rabo, sus cuernos y su tenedor. Adolfo Suárez, que besaba como nadie a las viejitas y a los niños y abrazaba «entrañablemente» a los votantes, tenía junto a sí a Fernando Abril Martorell, Fernando el Caótico, que le servía de pararrayos. La dualidad más famosa ha sido sin duda la de Felipe González y Alfonso Guerra. Felipe era el de las buenas palabras para todos, y Alfonso era el que sacaba de la foto al que se moviera. Alfonso Guerra le daba a Felipe las chuletas para las respuestas ingeniosas y malévolas en las Cortes, componía los epigramas para la oposición y dirigía el espionaje sobre los adversarios.

Guerra llamaba a Suárez tahúr del Mississippi; de Soledad Becerril decía que era Carlos II vestido de Mariquita Pérez, y se refería al Viejo Profesor con el nombre de Víbora con Cataratas. Ahora, se encuentra desganado o sequizo, pero ha sido el chulángano del improperio. Conocía los documentos de AP y las cartas de Fraga antes que Fraga. Hay que reconocer que Alfonso Guerra era una alhaja y cuando Felipe lo apartó de su lado labró su propia decadencia y ya nunca levantó cabeza. Narciso Serra ejerció sólo de pianista y de cotilla del Cesid. El sistema ha tenido aceptación dentro del Partido Socialista, y Rodríguez Zapatero se ha buscado a Jesús Caldera para que le haga de Alfonso Guerra. Lo que pasa es que Caldera es a Guerra lo que Pérez Madrigal a Azaña.

No está Caldera muy afortunado en los epítetos. Por ejemplo, al Gobierno le ha llamado «hipócrita», acusación que en su boca equivale a una autodefinición. A Javier Arenas lo ha motejado de «patético». Ni a Abundio se le ocurre decir que Arenas incita a la melancolía y a la tristeza. Hombre, para chotearse de Arenas, hay que llamarle fútil, frívolo y cachonduelo, pero patético es un adjetivo demasiado grande. Mucha peana para tan poco santo. A Rato y a Montoro les ha llamado «desvergonzados», que parece el título del primer capítulo de una Historia del felipismo. Bien es cierto que Caldera merece una disculpa. Le ha tocado defender lo indefendible y tiene que bailar siempre con la más fea.