Javier Alcaíns en su «scriptorium»

MiguelÁngel LamaEN los cenobios del Medievo, los monjes se retiraban a iluminar

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Ángel Lama

EN los cenobios del Medievo, los monjes se retiraban a iluminar y caligrafiar pergaminos con textos bíblicos, antifonarios, vidas de santos, o a copiar, simplemente, documentos administrativos de donación o arriendo, a un lugar que se conoció como scriptorium, destinado a esta labor artesanal; un espacio selecto del monasterio que funcionaba como biblioteca y escuela de formación. De un lugar así nació, en el siglo X, la tradición de los llamados beatos, los textos ilustrados del Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana, aquel monje localizado en el valle cantábrico de La Liébana en un siglo como el Octavo.

Trece siglos después, un escritor y dibujante, funcionario en una institución provincial, nacido en Valverde del Fresno (Cáceres) hace cuarenta y cuatro años, sigue dedicando buena parte de su tiempo doméstico a inclinarse, como el que acude a probar algo en ofrenda, sobre una mesa de dibujo en la que pasa horas caligrafiando textos especialmente sublimes -desde el Cantar de Cantares en la versión luisiana a Piedra de sol de Octavio Paz o el Diván del Tamarit de Lorca- a los que suma figuras planas y colores intensos, que redoblan la altura de estos clásicos llevados a nueva dimensión.

Quien contempla hoy la obra artística de Alcaíns no queda indiferente. A la calidad de su trazo y la originalidad de su lectura de los beatos medievales, se añade lo laborioso de una tarea propia de otro tiempo, distinto a éste de la prisa y del ahorro en esfuerzos y recursos para lograr el máximo beneficio. Poco tiene que ver todo eso con lo que al lector transmiten los textos ajenos caligrafiados con esmero por Javier Alcaíns. Textos ajenos y textos propios, pues el autor también es poeta y narrador, y cuenta con una obra publicada, carta cabal que explica su otra dedicación, su otra mano.

Javier Alcaíns publicó en 1989 su primer libro de poemas, Memoria de los viajes, en donde se pueden leer piezas reveladoras como Códices miniados en la Catedral de Siena. Diez años después apareció Teatro de sombras, su segunda entrega poética, y, entre medias, el libro de relatos La locura y las rosas, de 1997, todos publicados por la Editora Regional de Extremadura, y pruebas de que la distinción entre las dos manos de Javier Alcaíns, la que dibuja y caligrafía, y la que escribe, no es tan radical. Nacen, obviamente, de una misma sensibilidad e intercambian guiños que cualquier lector de los poemas y de los relatos de Alcaíns puede comprobar.

Así, por ejemplo, en uno de sus libros «originales» junto a Las horas felices y a los Alfabetos apócrifos, el que reúne prosas y versos bajo el título de Arquitectura melancólica, una suerte de compendio en el que se aprecia el afán por la perfección de la obra de Javier Alcaíns, un escritor que transcribe -como una quintaesenciada lectura sosegada- lo escrito por otros y lo escrito por él mismo, y que convierte con ello el acto de la escritura en una celebración en el más estricto sentido ritual y hedonista, a la vez. Así, la entrega y la pasión del autor en su tarea, el modo con el que glosa su dedicación, por ejemplo, a algunas de las piezas eróticas de la Antología Palatina, de Calímaco y otros autores griegos, en las que se cantan los gozos y las tristezas que provoca Eros con una frescura y una naturalidad -indica Alcaíns- que las «vuelve muy apetecibles para un iluminador».

Conocemos muchas formas de vivir la literatura, gracias a sus creadores y a sus lectores -hoy deberíamos desear llamarlos «seguidores», «hinchas»-; la de Alcaíns, en su scriptorium, sorprende y maravilla.

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