Los Janeiro en Sotogrande

Por ANTONIO BURGOS
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COMO los periódicos traen profusas secciones de cotilleos en bañador que llaman refrescantes, así las instituciones también deberían tener su paginación de verano. ¿No existen Los Veranos de ABC? ¿Por qué no han de existir Los Veranos de la Presidencia del Gobierno? Y así pasa lo que pasa, que no sabemos nada de ZP mangando veraneo gratis total en La Mareta y nos tenemos que conformar con los Janeiro desembarcando en Sotogrande, según leo a Beatriz Cortázar. Asunto gravísimo para los que se sienten en esa posesión de la verdad en forma de escritura de propiedad llamada Sotogrande. Ni los indios de Guanahaní mostraron tal pánico cuando vieron llegar las carabelas de Colón como Sotogrande ve acercarse («qué horror, Crista, qué espanto, Bea») a los Janeiro. Para los guardadores de las zobelianas esencias finas y filipinas de Sotogrande, la venida de los Janeiro debe de ser algo así como la llegada de las lanchas americanas de desembarco para los nazis que vigilaban la costa de Normandía desde otro búnker, el de la playa Omaha.

Así cayó Nínive, dicen en Sotogrande. Cuando a tu cerrado paraíso para pocos que cercas de brezo para mantenerte a cubierto de vista llegue el primer Janeiro, es señal de que esto no es ya lo que era. A Sotogrande pueden llegar los argentinos mercenarios del polo, que misericordiosamente ayudan a ganar al que no sabe, pero paga; mas para el resto del personal se reserva el derecho de admisión. En Guadalmina puede ocurrir una desgracia así; aquello se ha llenado de nuevos ricos horteras, forretas. En Sotogrande, no. Puede que los Janeiro lleguen a Sotogrande. Se pueden comprar medio Sotogrande, a entrambos lados de la carretera. Pero nunca entrarán en Sotogrande. Entrar, entrar, lo que se dice entrar, es dificilísimo. Antes entra el camello evangélico por el ojo de la aguja que un hortera en Sotogrande. Conozco yo a unos nuevos ricos que va para diez años que tienen allí pedazo de chalé. Aunque van y están, aún no han entrado. Ni entrarán. Se gastan un pastón en dar cenitas simpáticas. Tienen que importar invitados de Marbella, de Estepona, de Guadalmina incluso. Porque de Sotogrande, del mismísimo Sotogrande, no les va nadie. Más fácil es que la Reina de Inglaterra te haga lord a que Garrigues te invite a la Oda. Entrar en la Real Academia es más fácil que entrar en Sotogrande. Cela entró en la Academia, pero nunca en Sotogrande, con lo que le hubiera gustado a Marina. Se tuvo que conformar con el Coral Beach de Marbella y las noches de Menchu y La Meridiana.

Dudo que los Janeiro entren nunca en Sotogrande. A pesar de que la suya es una casa importantísima. Los españoles saben bastante más de la Casa de Janeiro que de la Casa de Sajonia-Coburgo o de la Casa de Saboya. Se codea de tú a tú con la Casa de Alba. ¿Qué tiene Eugenia que le falte a Jesulina, qué prenda Cayetano que no posea Víctor? Nos sabemos el árbol genealógico completo de la Casa de Janeiro. Pregúntenme lo que quieran de las novias de Humberto. ¿Humberto de Saboya, dice usted? No, Humberto de Janeiro, el más importante de los Humbertos, famoso precisamente por algo que rima con Saboya. Si estuviera en la Écija de los años 60 ya le habrían puesto aquel celebrado mote: Pichajierro. Humberto es muy afamado pintor. Pintor de monas, naturalmente. Vano empeño en Sotogrande. Ir a querer pintar la mona a Sotogrande, donde están los máximos especialistas estivales en la pintura y decoración de simios, es como pretender llevar bacalao a Escocia. No caerá esa breva. Los oídos de Sotogrande no están hechos para la estética refinadísima de «Andreíta, coño, cómete el pollo». Para los que creen que el polo es eso como de plástico, largo, helado y con fuchina color fresa que chuperretea Andreíta. En Sotogrande dicen como en Cádiz-Cádiz, la capital de la provincia: me río de Janeiro.