NIcolás Maduro, presidente de Venezuela
NIcolás Maduro, presidente de Venezuela - ABC
EDITORIAL

La izquierda española y Venezuela

Si Maduro y los suyos no han aceptado aún que todo lo que le sucede al país es a causa de su desastrosa gestión, no es previsible que se produzca un relevo pacífico del poder

Actualizado:

Cualquier economista competente podría explicarle a Nicolás Maduro que las medidas que acaba de adoptar no tendrán el menor efecto positivo y que la economía venezolana seguirá su alocada carrera hacia el precipicio. Devaluar la moneda en proporciones tan estratosféricas que no vale la pena cuantificar, no sirve de gran cosa si no se ataca la causa que ha llevado a esta situación y que no es otra que la obsesión ideológica por el socialismo revolucionario. Maduro no es capaz de explicar por qué Venezuela tiene la inflación más alta del mundo y por qué otros países con muchos menos recursos naturales han superado los problemas económicos mientras Venezuela sigue postrada en una profunda crisis. Ya no le vale ninguna explicación basada en conspiraciones más o menos imaginarias, internas o externas. Siendo alguien que ha violado todo tipo de leyes y principios para asegurarse el monopolio del poder, resulta grotesco que no se le ocurra mejor explicación que inventarse causas externas y ajenas para justificar la catástrofe que han causado él y su predecesor, Hugo Chávez, y que lleva a cientos de miles de venezolanos a huir de un país potencialmente riquísimo.

Maduro ha tenido muchas oportunidades para haberse retirado con cierto decoro, incluso después de empezar a ver pajaritos. Los venezolanos se lo han pedido mayoritariamente cuando han tenido ocasión de hacerlo. Ahora se enfrenta al capítulo final de esta desgraciada aventura bolivariana que es el inevitable colapso de la economía y lo hace de la peor manera, aferrándose al poder aunque sea a costa de la vida de los ciudadanos. Lo peor de la ruina en que ha caído este país ha sido la obsesión del chavismo por corromper y destrozar todo el entramado institucional del país, de modo que el día en que llegue ese inevitable final se puede producir una situación de vacío de poder y de desorden absoluto. Por ello es necesario que los países vecinos empiecen a prepararse para una situación límite en la que deberán ayudar a los venezolanos y no solamente a los que salgan huyendo del país. Si Maduro y los suyos no han aceptado aún que todo es a causa de su desastrosa gestión, no es previsible que se produzca un relevo pacífico del poder.

Ante esta situación, espantosa en todos los sentidos, se echa en falta una reflexión por parte de la izquierda en general y española en particular, que no hace tanto apelaba al chavismo como un modelo no solo respetable, sino digno de admiración. Hay quien aún se sienta en un escaño del Congreso de los Diputados sin haberse desdicho de sus alabanzas a Chávez y Maduro, ni renegar del dinero que recibieron desde Caracas, aunque solo fuera por respeto al sufrimiento de los venezolanos.