José María Carrascal

Islamismo contra Ilustración

Nuestra extrema izquierda comparte objetivos con el islamismo radical

José María Carrascal
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La primera pregunta es fácil de contestar: ¿por qué Francia, que acogió al ayatolá Jomeini en el exilio, como a millones de refugiados musulmanes, muchos ya de segunda y tercera generación? Pues por eso mismo: por ser la cuna de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, de la apertura de mentes y sociedades, de la Ilustración, en suma. Justo la cara opuesta al integrismo islámico, con su cerrazón medieval, su universo premoderno, su dictadura teocrática que ve en ello el «gran Satán» y lo ataca con todas las armas a su alcance, usando esa quinta columna de jóvenes musulmanes nacidos en Occidente a los que ofrece la ilusión de un nuevo califato en el que serán los dueños, al tiempo que elimina a sus «herejes», los musulmanes moderados, sin contemplaciones.

La segunda pregunta ya es más difícil: ¿cómo se responde a tal amenaza? Noto a uno y otro lado del Atlántico una clara división entre los que abogan por una respuesta categórica y los que la consideran contraproducente por razones morales o estratégicas. Francia, la principal afectada, ya ha dicho, por la boca de un presidente, nada menos que socialista, que va a contestar a la guerra con la guerra. Hollande podría haber añadido aquel dicho romano, «la mejor forma de evitar la guerra es estar preparado para ella», pero puede que pensara que podría volverse contra él. En cualquier caso, sus cazabombarderos ya están machacando posiciones de Estado Islámico, mientras su Policía peina los barrios periféricos de sus ciudades. «¡Cuidado! –advierte el 'New York Times'–, que eso es precisamente lo que buscan los yihadistas: separar a la población musulmana de la local, impedir que se haga francesa». Es un buen argumento, pero, por otra parte, esa población ha tenido tiempo suficiente para integrarse y no lo ha hecho, como lo hicieron tantos otros emigrantes, polacos, rusos, españoles; el propio Sarkozy proviene de ella. Quiero decir que los inmigrantes pueden exigir que el país que los acoge acepte sus valores privadamente, pero no que los imponga a los suyos. La integración supone adaptarse al país de acogida: en Roma, sé romano.

Por si todo ello fuera poco, nuestra extrema izquierda, ahí tienen a Podemos e IU, comparte objetivos con el islamismo radical: ambos están contra el capitalismo, contra el liberalismo, contra la Unión Europea, contra el euro, contra todo lo que significa modernidad. Y los nacionalistas, ahí tienen al PNV y ER, no les andan lejos, objetando al pacto antiyahidista. Dios, o Alá, los cría, y ellos se juntan. ¿Acaso no es el nacionalismo una especie de religión?

Pero déjenme decirles una cosa: no nos vencerán. La historia demuestra que la democracia, tan débil en apariencia, ha derrotado a dictaduras más poderosas que intentaban aplastarla. El nazismo hitleriano y el comunismo estalinista fueron las últimas.

Lo que ya no puedo decirles es cuándo.

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