LA IRRESISTIBLE ATRACCIÓN DE LULA

por ANTONIO SÁENZ DE MIERA. Escritor
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SIGUE Lula de actualidad en España. En la entrega de los Premios Príncipe de Asturias se llevó la palma en forma de aplausos y entusiasmo dentro y fuera del Teatro Campoamor. Y ahora, el presidente Aznar viaja a Brasil para apoyar la política reformista del Gobierno brasileño. Los empresarios españoles, que ocupan el segundo lugar entre los inversores extranjeros en Brasil y el primer lugar entre los inversores europeos, le aplaudieron con entusiasmo en su reciente visita a Madrid, algo que ya habían hecho los países del G8 en su reunión de Evian y que no dejó de hacer el presidente Bush cuando recibió con los brazos abiertos a uno de los críticos de la guerra de Irak y no dudó en dedicar elogios al gran corazón de Lula y a su encomiable preocupación social. En todas partes, podríamos decir, se deja sentir la irresistible atracción del antiguo sindicalista metalúrgico.

Quizás no venga mal recordar ahora los temores que suscitó en el entorno económico nacional e internacional su aparición en el horizonte electoral de Brasil; una vez más, se llegó a pensar, el fantasma de la extrema izquierda podía aparecer en Iberoamérica. Pero no, con un suspiro de alivio, se fue percibiendo que lo que Lula pretendía no era una transición al socialismo o la implantación de una democracia popular, sino la modernización de las estructuras productivas y sociales de Brasil con respeto a la democracia y a las leyes del mercado. El proyecto de acabar con la pobreza sin espantar a la riqueza, con el apoyo de más de cincuenta millones de votos, en un país de la importancia de Brasil y en el inquietante panorama iberoamericano, no podía sino suscitar aplausos y parabienes.

También en Brasil la «buena estrella» de Lula parece seguir brillando todavía, aunque sobre el terreno las cosas se ven, naturalmente, de forma algo diferente. Recuerdo que precisamente el día en que se anunció la concesión a Lula del Premio Príncipe de Asturias, en el editorial de O Globo se decía, en términos futbolísticos caros al Presidente, que Lula «perdía por goleada»; pero, me atreví a preguntar, ¿contra quién pierde?; porque, la verdad, es que en mis conversaciones con analistas de la realidad brasileña nadie, ni empresarios, ni representantes del mundo académico o de instituciones sociales, mostraban un rechazo global al proyecto político de Lula. ¿Contra quién, entonces, perdía Lula y, además, por goleada? La respuesta era también unánime: contra las expectativas.

Pero las expectativas no son las mismas para todos. Las aspiraciones de unos chocan con los privilegios o los intereses de otros, y ello obliga a los políticos, en un sistema democrático, a poner en práctica toda su capacidad de convicción, su credibilidad y su capacidad de negociación y de conciliación de intereses, y exige a la ciudadanía, a la sociedad civil organizada, ejercicios de responsabilidad y solidaridad. Porque un cambio real, por muy respetuoso y democrático que sea, no se produce sin provocar tensiones, sin tocar privilegios, sin renuncias y concesiones. La lucha contra la pobreza y la corrección profunda de las desigualdades sociales no son cuestiones que se resuelvan por arte de birlibirloque. En el mejor de los casos, es decir, cuando las transformaciones sociales responden a una ética de la convicción y no de la imposición, son siempre el resultado de procesos complejos en los que se entrecruzan las iniciativas legales y políticas con las respuestas ciudadanas en un entorno social permeable que acepta el cambio y es consciente de sus dificultades y de sus consecuencias.

Porque son muchos los que no ven con malos ojos la anunciada «revolución pacífica» mientras no afecte a sus propios intereses. Y eso no es evidentemente suficiente para lograr el cambio social que espera la gran mayoría de los brasileños y que aparece todavía tan lejano ante la cruda realidad de unos índices de renta y empleo en el país que son los peores de los últimos años. No es de extrañar por ello que cuando Lula volvió en plena euforia de su exitoso viaje por Europa el verano pasado, hubiera de enfrentarse a brazo partido con los peliagudos problemas del «cambio tranquilo» al que se ha comprometido: resistencias de jueces y magistrados a perder sus privilegios; impaciencia de los miembros más radicales del partido petista que le llevó al poder; creciente radicalización de los «sin tierra» y los «sin techo»; descontento creciente de sindicatos y funcionarios públicos; intranquilidad de los movimientos cristianos y, en fin, amenaza de una huelga general... La «luna de miel», como era de esperar, se estaba terminando y el novio feliz aparecía en el esceanrio como otro Gary Cooper, solo ante el peligro, ante la mirada expectante de muchos que, de verdad o con la boca pequeña, le han felicitado y elogiado por su equilibrio y moderación y que esperan un «más difícil todavía» de su reconocida habilidad política. Mala cosa sería, creo yo, dejar solo en estos trances a ese político habilísimo y cautivador. Mala cosa sería que las palabras y los elogios no se materializasen en hechos concretos, en apoyos tangibles.

Porque hasta ahora, lo que se ha visto aparecer han sido las resistencias. Y no me refiero únicamente a los que abiertamente y en defensa de intereses corporativos se oponen a las reformas; ahí están las de jueces y magistrados, sólo superables a través de los mecanismos parlamentarios que ya han proporcionado a Lula algún éxito «razonable». Hablo de algo más sutil; hablo de desigualdades intolerables que no se pueden eliminar «por decreto», de desequilibrios sociales que únicamente se podrán corregir si se produce un compromiso real de los más favorecidos con los programas sociales del gobierno. Lo diré de una vez: si la riqueza brasileña, cuya colaboración ha solicitado Lula y cuyas reglas de juego ha prometido respetar, se limita a mantenerse como espectador crítico y distante de los esfuerzos del Presidente, si no muestra su disposición a renunciar a privilegios insostenibles en una democracia moderna, la experiencia puede fracasar.

En el caso de que esto ocurriera no sería justo decir que la culpa era sólo de los políticos y todos acabaríamos pagando las consecuencias. Salvadas las distancias, aun cuando en el mundo globalizado de hoy las distancias no sean gran cosa, también la riqueza internacional tiene su cuota de responsabilidad en el buen desarrollo de la experiencia brasileña. Lula lo sabe bien y por ello ha dedicado tanto tiempo y tanto entusiasmo a vender su producto desde Davos, adonde se fue directamente desde el foro alternativo de Portoalegre, a los Estados Unidos y al resto del mundo capitalista. Los aplausos que recibió tienen ahora que convertirse en pruebas reales de estímulo y ayuda: sin reformas en el comercio internacional, sin inversión extranjera sensible y responsable ante los graves problemas de la sociedad brasileña, sin la presencia y la aportación de una sociedad civil global exigente y generosa... Sin todo esto, el ambicioso proyecto de Lula se podría quedar en un mero catálogo de las mejores intenciones o, lo que sería aun más peligroso, podría suponer, y ese escenario no es descartable, el abandono de la política reformista en manos de los elementos más radicales de la izquierda brasileña.

Lula, con todo el riesgo que ello supone, ha tirado por la calle de en medio, y ha iniciado una dificilísima experiencia que ha logrado convencer e ilusionar a mucha gente, en el interior y en el exterior de su país, lo que no es poco; ha dado pasos importantes, graves, y los ha dado con sentido de la responsabilidad, sin alardes populistas, con sentido de la realidad y con vocación integradora. Muchos, algunos aquí en España, le han llamado mago, pero realmente no lo es. Sólo sus palabras, las palabras de Lula, no curan los males. Necesita apoyos reales de dentro y de fuera del país. Aznar, como político avezado, se ha dado cuenta de la atracción, la importancia y el riesgo de la apuesta de Lula para Brasil, pero no sólo para Brasil. Por ello ha decidido llevar personalmente a Sao Paulo el apoyo del Gobierno español. Que sea para bien.