Editorial ABC

Irán eleva el tono de sus amenazas

Si el régimen de Teherán insiste en sus provocaciones, en algún momento será necesario frenarlas antes de que sea demasiado tarde para todos

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La dictadura teocrática iraní ha escogido la peor de las opciones para reivindicar sus posiciones, porque entorpecer la navegación en aguas internacionales es un gesto totalmente inaceptable desde cualquier punto de vista. El secuestro de un petrolero de bandera británica en el estrecho de Ormuz solo puede entenderse como una acción arbitraria e ilegal que dice muy poco de la voluntad de Teherán para comportarse como un miembro fiable y razonable de la comunidad internacional. Es más, si se suma este hecho, simbólico pero hostil, a la constatación de que han dejado de tomarse en serio los compromisos que ha contraído para abstenerse de fabricar armamento nuclear, es evidente que ha de considerarse como un comportamiento que representa una amenaza clara para la estabilidad no solo de la región, sino de un área que puede ir incluso hasta Italia, el radio de alcance de sus misiles.

Desde su instauración en 1979, el régimen de los ayatolás no ha tenido más objetivo que desestabilizar a todos sus vecinos buscando consolidarse entre un horizonte de países más débiles. Nunca se ha preocupado ni del bienestar ni del progreso de los iraníes y siempre ha puesto por delante sus intrigas al desarrollo de un país que en otras manos tendría posibilidades gigantescas de avanzar. En los últimos años se le había abierto una puerta a la normalización a través, sobre todo, de las gestiones de la Unión Europea, cuyos países miembros -el Reino Unido entre ellos a pesar de sus particulares tribulaciones relacionadas con el Brexit- han hecho todos los esfuerzos posibles para ayudarles, incluyendo cerrar los ojos ante el incumplimiento de sus compromisos sobre la congelación de su desarrollo del armamento nuclear. Esa actitud desafiante y hostil en el Golfo solo sirve para dinamitar las posibilidades de que Estados Unidos pudiera reconsiderar su decisión de abandonar este acuerdo y para debilitar las de los países europeos que -por ahora- aún esperan poder mantenerlo.

De modo que, en estos momentos, los países democráticos saben que la ruptura de esta situación abriría la puerta a todo tipo de proyecciones catastróficas y eso explica la reacción comedida de Londres ante un hecho tan grave. La enemistad ancestral de Irán con Arabia Saudí -protegida por Estados Unidos- por un lado y su alianza con Rusia, la segunda potencia nuclear del mundo, por el otro, son ingredientes cuya sola mención describe un escenario infernal que nadie puede desear. Pero si el régimen de Teherán insiste en sus provocaciones, en algún momento será necesario frenarlas antes de que sea demasiado tarde para todos.