Paz en Irak, Inshallah

Alberto Sotillo
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Muchos iraquíes tienen motivos para la esperanza. Sobre todo cuando asumen que, peor que en los últimos 30 años, imposible. Veamos, si no, la vidas paralelas de Omar, suní, y Husein, chií. Ambos enviados a la máquina de picar carne de la guerra contra Irán, saldada con un millón de muertos. Husein, al igual que tantos chiíes, fue reclutado como carne de cañón en una guerra de trincheras en la que marchaban los soldados como ganado al matadero. Omar, suní, fue movilizado como oficial y hecho prisionero durante tres años. Vieron morir compañeros, familiares, amigos. Y volvieron de la guerra a la miseria.

Husein, sin oficio ni beneficio, fue esclavo en una fábrica de ladrillos. Y Omar -un «privilegiado» suní- se reenganchó en el Ejército con un sueldo que no le daba ni para casa propia. Su país se había arruinado, y a Sadam no se le ocurrió mejor idea que invadir Kuwait como quien intenta robar la caja de caudales del Golfo. No fue una buena idea. Omar y Husein volvieron al frente y, a los pocos meses, retrocedían en desbandada. Humillación. Tras la derrota, Husein se sumó a la revuelta chií, ahogada en sangre y en la que vio a sus correligionarios cazados como conejos. Y Sadam, para superar la humillación, daba a entender que tenía unas armas de destrucción masiva que sólo estaban en su imaginación y en la de sus enemigos.

Otra mala idea. EE.UU. invadió su país, disolvió el Ejército, echó a Omar a la calle con una patada literal en el trasero y le dijo a Husein que el futuro era suyo. Vinieron la guerra civil, Al Qaida y la internacional terrorista islámica, el enfrentamiento entre Omar y Husein, suníes y chiíes. Y siete años después, exhaustos de tanta sangre, unos y otros reducen la velocidad a la que se han estado matando, hacen recuento de treinta años de terror. Y se dicen: hay que ser optimistas.