De insultos y democracia

Por CARMEN MARTÍNEZ CASTRO
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NO está el maestro Campmany para ilustrarnos con una teórica sobre el arte del insulto, pero ¡qué bien nos vendría en esta época de mediocres censores vocacionales! Insultar como Dios manda es, ante todo, un arte. Más aún, es en esa derivada artística donde el ultraje redime su indiscutible maldad. La maestría del insulto sólo está reservada para aquellos que han curtido su mala leche con lecturas, experiencia y sentido del humor. Hoy que hemos convertido a Alfonso Guerra en un bien de Estado nos permitimos el lujo de sonreír al recordar cómo le endosó a Adolfo Suárez aquel hiriente «tahúr del Mississippi». Maldita la gracia que le pudo hacer al entonces presidente del Gobierno aquella ingeniosa maldad, y peor fue aún lo de Soledad Becerril, caricaturizada por el ahora severo constitucionalista como «Carlos II disfrazado de Mariquita Pérez».

Después de Alfonso Guerra nadie ha vuelto a mostrar públicamente tanto arte en la disciplina; el insulto ha ido a más, pero el ingenio a menos. Cuando el presidente Zapatero hincha el buche para escupir lo de «bazofia periodística» insulta, con acritud y sin gracia, pero insulta. Cuando Montilla masculla lo de la derecha «desvergonzada» también insulta, de forma adusta y desabrida, pero insulta. Ni siquiera resultan originales; los políticos y especialmente los socialistas han desarrollado una singular destreza a la hora de transformar las denuncias periodísticas sobre casos de corrupción en «vendavales antidemocráticos» o «basura amarilla». Hoy volvemos a estar en ello.

Montilla, que se las prometía tan felices como sucesor de Maragall, todavía no sabe de dónde le vienen las bofetadas, pero él, por si acaso, insulta. Su exquisita sensibilidad ante las críticas no se corresponde con su situación claramente insostenible ética y estéticamente. ¿Y qué decir del presidente Zapatero? Ni ojos verdes, ni sonrisa angelical, ni discursos bucólicos que valgan; ZP se nos ha metido de hoz y coz en el recuerdo del peor felipismo: el acoso a las empresas no adictas, los insultos a la prensa y la utilización atípica del Mystère. Sólo en año y medio de gobierno.

La bronca entre políticos y periodistas forma parte del guión, incluso se puede interpretar como un saludable ejemplo de tensión democrática. Lo que no es de recibo es intentar cercenar las voces críticas, amenazar directa o indirectamente a un medio de comunicación o utilizar el BOE como arma en esa pugna. Hacerlo con la complicidad de un sector de la profesión resulta particularmente repugnante; aunque tampoco es un fenómeno nuevo; hace muchos años que los perros nos dedicamos a comer carne de perro y así estamos: cada vez más flacos y débiles. Los pregonados códigos periodísticos y los comités de profesionales no han servido jamás para detectar la corrupción y menos aún para denunciarla.