De instituto

Globo de Oro a la mejor serie dramática. «Anatomía de Grey» (ADG), cuya tercera

Por Rosa Belmonte
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Globo de Oro a la mejor serie dramática. «Anatomía de Grey» (ADG), cuya tercera temporada ha empezado en Fox y próximamente llegará a Cuatro, es un éxito de crítica y público (en Halloween, las fiestas neoyorquinas estaban llenas de disfraces de médico, y House no lleva bata). ADG es como Dickens en su tiempo, según Chesterton: tan llana que incluso los doctos exquisitos pueden entenderla. Mola (por utilizar el verbo favorito de Gregory House), en el bien entendido de que, por ejemplo, «El ala oeste» no mola. «El ala oeste» es otra cosa, probablemente la mejor ficción seriada de la historia de la televisión. Sin embargo, las historietas de los médicos del Seattle Grace crean adicción. Son divertidas, extravagantes y a la vez clásicas, emocionantes y tristes, muy tristes. Están llenas de dardos, de viejos trucos directos al corazón.

Siempre lo he pensado, pero en este primer episodio de la tercera temporada lo confirma Callie Torres. «Todos tenemos 17. Es un instituto con bisturíes». De eso se trata. «Anatomía de Grey» no es una serie médica, aunque lo parezca (como drama está a años luz de «Urgencias»; como comedia, a galaxias de «Scrubs»), es una serie de instituto, donde lo importante es quién está enamorado de quién, si fulanito le gusta a menganita y, en definitiva, los besos de tornillo. Eso sí, en lugar de las Dixie Chicks debería cantar Julie Andrews. Con un poco de azúcar... Bueno, con un mucho.