Insostenible en 24 horas

IGNACIO CAMACHO
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EN menos de horas veinticuatro el Gobierno ha autosaboteado su ley fetiche de Economía Sostenible, marcándose en propia puerta con una torpeza inusitada el gol de la enmienda de la censura en Internet. La ministra de Cultura ha quedado en evidencia, desautorizada y puesta en solfa por el de Justicia y por el mismísimo presidente que en mala hora la nombró, mientras todo el equipo gubernamental volvía a poner de manifiesto su descoordinación y falta de diálogo interno. La crisis del «Alakrana» demostró que no hablan entre ellos, y ahora unos por otros se han enredado en un lío que ha ensordecido la feliz alharaca con que el Gabinete festejaba su proyecto estrella. Ni siquiera han necesitado tropezar con la oposición; esta vez se han pisado ellos solos su propia manguera.

Para los anales queda el hito de un Zapatero obligado a envainarse en tiempo récord una ocurrencia. No le quedaba más remedio porque el asunto afectaba a uno de sus graneros electorales más queridos, el de los jóvenes entusiastas de las nuevas tecnologías. Con esos pocas bromas. Al presidente le va la marcha de pisar callos de sectores sociales cuyo voto da por perdido, pero esta vez se trataba de una oleada rebelde entre un núcleo sensible de sus propios apoyos. En la Red se estaban formando espontáneas ciberbarricadas y esa manifestación, incorpórea pero masiva, sí le importaba. Tuvo que salir de inmediato con bandera blanca aunque fuese para echar a los leones a González Sinde, que apenas unas horas antes había dicho a un improvisado comité de blogueros que nadie puede cambiar una ley en una reunión. La ministra, que no es de las que no tienen a dónde ir, ya está tardando en presentar su renuncia.

En todo caso, la turborrectificación zapateril ha dejado tocado del ala su proyecto más publicitado. Nadie sabe qué pintaba el asunto de las descargas piratas en una ley llamada de Economía Sostenible, pero es el problema de utilizar un mantra como celofán político para envolver cualquier cosa. Si se llamase Ley de Economía Productiva, o de Recuperación Económica, quedaría voluntarista pero comprensible. Sin embargo el Gobierno ha preferido apelar a ese tópico de la sostenibilidad para respaldar su tenue intento de reformismo económico, un totum revolutum de medidas alicortas en el que algunos técnicos han debido de pensar que cabía todo lo que se les pasara por la cabeza, y al primer tapón descorchado ha salido zurrapa. Los abogados de la SGAE y del clan de artistas se acogieron a sagrado para colar un párrafo a su conveniencia que ha convertido la flamante norma en un tropiezo-express. En un abrir y cerrar de ojos, en lo que dura un relampagueante pantallazo de ordenador, los internautas se han cargado el invento emitiendo sobre la tal ley un diagnóstico demoledor: es tan insostenible que el Gobierno no la ha podido sostener ni un triste día.