La inmigración como contribución

POR MIGUEL ÁNGEL MORATINOS Y FRANCO FRATTINI
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De nuevo España e Italia se reencuentran hoy en el Foro de Diálogo, cita anual que llega a su novena edición y que reúne todos los años a más de un centenar de representantes de la sociedad civil: empresarios, analistas políticos, profesores universitarios, expertos de fenómenos sociales y globales de la actualidad, representantes de las realidades locales, aquellas personas que en definitiva son las que realmente construyen día a día con su esfuerzo individual la relación bilateral.

La edición de 2008 nos ve reunidos en Pisa, una ciudad que ya en el siglo VII de la era cristiana constituía uno de los mayores centros mercantiles del Mediterráneo y donde se originaban intensos intercambios comerciales con la costa oriental de España. Nuestro deseo es que salga hoy de Pisa un fuerte mensaje conjunto hispano-italiano para hacer frente de forma eficaz a las tres cuestiones de las que vamos a tratar específicamente: inmigración, dependencia energética y desarrollo de las redes en el Mediterráneo.

Es precisamente el desarrollo del Mediterráneo el ámbito más obvio de nuestra colaboración. Los dos países hemos trabajado para que el nuevo impulso que el Proceso de Barcelona va a recibir gracias a la iniciativa de la «Unión del Mediterráneo» se articule a través de un número de proyectos limitados, pero de gran ambición al intentar acometer retos fundamentales como el aprovisionamiento energético y de agua o la protección medioambiental.

También en el ámbito de la Unión Europea nuestros dos países han defendido tradicionalmente la construcción de una Europa política que atienda a la solidaridad, y que funcione más eficazmente para los ciudadanos. Nuestros ciudadanos están profundamente apegados a logros fundamentales de la Unión Europea, como el euro, la abolición de las fronteras y la puesta en marcha de políticas europeas contra el terrorismo, el crimen organizado, a favor de un suministro energético suficiente y diversificado... y esperan que la Unión Europea salga de su actual crisis institucional más fortalecida. Saben perfectamente el coste de «la no Europa». Por eso sus representantes han reflejado fielmente ese impulso básico de nuestros ciudadanos y han votado masivamente en los dos Parlamentos a favor del Tratado de Lisboa.

España e Italia tienen mucho en común. Ambos eran países agrícolas que han conocido una profunda transformación. Ambos están a la vanguardia en el sector de los servicios y de la investigación. Ambos han encontrado en el turismo parte de su riqueza. Han sufrido en el pasado las heridas sociales de la emigración y son hoy en día países de inmigración. Posiblemente sea justamente esto lo que nos permite comprender mejor este fenómeno y lo que nos sitúa en primera línea para elegir los instrumentos más apropiados para su gestión.

Hemos sido los primeros en llevar la cuestión a la mesa de los Ministros de Asuntos Exteriores en Bruselas. Los primeros en explicar a nuestros colegas que la inmigración era un problema de política exterior y no sólo de política interior. Los primeros en invitar a la Comisión Europea a negociar acuerdos con los países de procedencia y de paso de los flujos migratorios. Hemos estado entre los mayores defensores de la creación de Frontex, la Agencia de la Unión Europea que coordina las operaciones de los Estados miembros para la seguridad de las fronteras.

España e Italia saben muy bien que la inmigración es un recurso y que los inmigrantes aportan una contribución importante al crecimiento económico de nuestros países. Pero también, y en igual medida, sabemos que, obrando así, lo hacemos en el mejor interés de los propios inmigrantes, interviniendo para romper la cadena de explotación de los traficantes de esclavos, actuando para garantizar la legalidad, que es garantía para los mismos inmigrantes, de modo que se les proporcione, a ellos y a sus familias, una esperanza de mejora en el respeto de la dignidad del ser humano.

Son éstos y otros los retos globales que van a exigir tanto de la Presidencia italiana del G-8 del año que viene como de la Presidencia española de la Unión Europea del primer semestre de 2010 estar a la altura de las expectativas de nuestros ciudadanos y utilizar la imaginación y la creatividad, que son sus rasgos más distintivos.