INJUSTO ADIÓS

Por Alfonso USSÍA
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LLEGAN noticias tristes y amargas de Tucumán, de Misiones, de Salta. En el bellísimo norte de Argentina mueren los niños de hambre. El presidente de la República, Duhalde, ha dicho que esas muertes se han producido por la pésima organización en la distribución de alimentos. En tal caso está obligado a cesar a quien tiene encomendada esa responsabilidad, es decir, tiene que cesar a su mujer, a la «Chiche», que es la que manda en los asuntos sociales. Y después de hacerlo, cesarse a sí mismo, por desastre. Tucumán, Salta, Misiones, Jujuy, Corrientes. Toda la piel prodigiosa de la poesía y el folclore argentino. La amo palmo a palmo, gracias a Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Cafrune, Atahualpa, Falú, y tantos otros. Sobre todo gracias a Los Chalchaleros, los grandes señores de Salta, que se han despedido después de cincuenta años de talento y hondura. En Madrid tenían pensado celebrar su último concierto, después de una intensa y apoteósica gira por toda la Argentina. Los anteriores gestores del Teatro Real entendieron la importancia de Los Chalchaleros, y lo que significan, y habían programado su adiós en España. Los nuevos decidieron suprimirlo de acuerdo con su sabiduría musical. Como es bien sabido, los nuevos gestores del Real saben y entienden de música mucho más que los anteriores, al menos, según ellas y ellos. Saben tanto, que hasta aciertan a distinguir entre un violín y un oboe. Todo puro esnobismo y majadería. De haberse tratado de Quilapayún, o de un conjunto montonero, los responsables de Cultura se habrían volcado con su habitual complejito. Sucede que Los Chalchaleros no entran en las cosas de la política, se han dedicado a cantar, han triunfado en todo el mundo y no resultan temibles por carecer del apoyo de las mafias culturales de la retroprogresía. Por todo ello, la gerencia del Real ha roto su palabra y su compromiso. Pero vendrán a España a despedirse, que de eso nos vamos a encargar treinta o cuarenta incondicionales, y si tienen que cantar en la calle, ante el Ministerio de Cultura y con Pilar del Castillo, Inés Argüelles y la señorita Rumeu de Armas como únicos espectadores, lo harán, vaya si lo harán, que no vamos a consentir que Los Chalchaleros se apaguen sin haber cantado una última vez en España, trayéndonos todo lo suyo, desde la lunita tucumana a la zamba de la Esperanza, con lo que necesitan Tucumán, y Salta y Corrientes de la esperanza, ahora que la tienen casi perdida. Y si no a La Zarzuela, -el Teatro, no el Palacio que recomienda y sugiere los nombramientos del Real-. Y si tampoco, de nuevo en la calle, pero claro que se van a despedir de España después de cincuenta años de señorío, arte y autenticidad. Y lo harán los cuatro Chalchaleros de la actualidad -sólo Juan Carlos Saravia queda de los fundadores-, es decir, el referido Saravia, su hijo Facundo, Pancho Figueroa y Polo Román. Y lo harán en nombre y recuerdo de los que también lo fueron y por la muerte o los caminos dejaron el poncho, las bombachas, la guitarra y el bombo por esos rincones de Dios, Pelusa Franco Sosa, Cocho Zambrano, Aldo Saravia, Ricardo Dávalos y Ernesto Cabeza. Han sido y son los más grandes del folclore argentino, que reúne una música bellísima y una poesía popular de inmenso valor, cantada en zambas, vidalas, chacareras, cuecas, chamamés, bailecitos, milongas y tonadas. Hoy, aquella tierra que nos hicieron amar Los Chalchas, ese prodigioso norte de la Argentina, se muere literalmente de hambre, y toda su música suena a vidalita triste, a trago de sombra, a paisaje perdido y desesperanzado.

Pero un pueblo que canta así no puede desvanecerse. Los que tienen que desaparecer son sus gobernantes. Aquí os esperamos, aunque la oficialidad cultural de España os ponga trabas miserables, trasnochados y honestos señores del chalchal.