INDIVIDUALISMO PROGRESISTA

Por CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN Catedrático de la Universidad Complutense/
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LOS socialistas de todos los partidos aspiran a identificarse con el progreso, la solidaridad, la justicia, la igualdad, e incluso con la libertad, pero jamás con el individualismo. Sospecho, empero, que si no la analizamos desde el individualismo no hay manera de cuadrar la lógica de fomentar que personas del mismo sexo contraigan matrimonio y adopten hijos, y facilitar el aborto y la eutanasia, pero dificultar que se haga la compra los domingos, fustigar a las empresas y la Iglesia, y aumentar el intervencionismo y el gasto público.

La clave estriba en que los socialistas se fijan sólo en las personas y no en las instituciones que han desarrollado a lo largo de los siglos. Por eso la libertad padece en sus manos: el individualismo progresista que subraya la esfera privada, y concentra allí libertades y derechos, es débil en comparación con el liberalismo que defiende no sólo a las personas individualmente, sino en sus relaciones sociales. Es inevitable pensar en Tocqueville y su admiración por las instituciones estadounidenses intermedias entre el individuo y el poder político, y la línea individuo/instituciones puede ir hacia Adam Smith antes y hasta Robert Nisbet en nuestro tiempo.

Desde esta perspectiva ha sido notable la retórica de la izquierda y sus medios a propósito del matrimonio homosexual. «Bodas para todos», editorializó arrebolada la prensa correcta; es obviamente falso, con lo que supongo que la prohibición de la poligamia o el incesto será pronto considerada una «injusta discriminación». Se alegaron razones democráticas, puesto que hay «una realidad: dos de cada tres españoles aprueban las bodas gays». Esto, dejando aparte el carácter dudosamente democrático de la verdad, es un doble desatino. En primer lugar, porque elude los matices posibles de la pregunta, que desde luego nunca es: «¿Aprueba usted la devaluación del matrimonio tradicional merced a su identificación con otras uniones, por ejemplo, las de personas del mismo sexo?». En segundo lugar, porque el progresismo manipula la opinión pública presumiendo de seguirla fielmente, cuando en realidad sólo lo hace cuando le conviene y no cuando las encuestas rechazan la adopción por homosexuales o respaldan a la Iglesia. Por eso inquieta leer que «nada impide al poder civil adecuar un contrato no confesional a una nueva realidad». ¿Nada lo impide? Eso es, exactamente, el totalitarismo, que resumió con arrogancia Rodríguez Zapatero: «Quienes se oponen están equivocados y no estaría mal que avanzaran un poco para estar en el tiempo social en el que vivimos».

Se ufanó el presidente: los gays dejan de ser gracias a él «ciudadanos de segunda», y el progresismo lagrimeó festejando el «avance en la igualdad de derechos» e incluso la «larga lucha por los derechos humanos de los colectivos con derechos cercenados». Dramático lenguaje, en efecto, y por completo falso, porque no son de segunda las personas del mismo sexo por no poder casarse, sino la mayoría de casados que ven su institución devaluada por una engañosa noción de igualdad; y no hubo nunca una larga lucha homosexual por nada: lo largo de verdad es el matrimonio. Pero esto no importa. Diagnosticó López Aguilar que el PP bloqueó el «avance» homosexual, pero que ahora gozaremos de «la extensión de derechos civiles»; y Fernández de la Vega aseguró que su progresista Gobierno «acaba con siglos de discriminación», y añadió insulto al escarnio cuando dijo que esto «supone reforzar la institución familiar». Cabe conjeturar que si la familia sale reforzada no será gracias a los socialistas, sino a su pesar. Obsérvese, hablando de reforzar y debilitar, que la razonable institución del contrato, un contrato distinto del matrimonio pero que surtiera efectos legales, era algo que los grupos homosexuales reivindicaban al principio. Ha quedado, no obstante, sepultado frente a la combustión de «progreso» a que da lugar la mezcla de dichos lobbies con la política, y que apunta directamente al matrimonio, al suprimir, como si fuera baladí, el requisito de que los contrayentes deben ser de distinto sexo.

Lo insólito de todo esto es que detrás no hay nada más que mentiras, prejuicios e ideología. Se inventan graves problemas, como la noble y recta homosexualidad reprimida por la patológica barbarie homófoba. Se enarbolan locuras estadísticas como la supuesta «realidad» de un 10 por ciento de homosexuales, una filfa que jamás ha sido avalada por ninguna investigación seria en ningún país del mundo. Y se proclaman disparates monstruosos, como cuando se afirma de modo inconcuso que para la salud mental de los hijos no sólo dan igual el sexo y la «orientación sexual» de los padres (como si tranquila y sanamente los eligiéramos), sino que incluso es mucho mejor que los niños tengan dos papás o dos mamás. Efectivamente, créase o no, hubo doctos ignaros que lo aseguraron sin rubor, y así se apresuró a recogerlo la prensa, sin matiz ni comentario crítico alguno: «Las únicas diferencias apreciables en los hijos criados en estos hogares son una visión más amplia de los roles de género y una mayor flexibilidad hacia la orientación sexual». O sea, el matrimonio tradicional es un desastre que produce hijos rígidos y con visiones estrechas.

¿Por qué se extiende el embuste de que esto es serio, justo y progresista, y enfrenta a gentes «de avanzada» con fuerzas retrógradas como, típicamente, la Iglesia? Precisamente porque una idea atractiva, el socialismo, a saber, la fantasía de que se puede manejar la sociedad para mejorarla, se ha combinado con un principio inobjetable del progreso: la libertad, pero entendida sólo como libertad individual, sólo como la esfera privada de cada uno, sólo como la extravagancia que propiciaba Stuart Mill como signo de la sociedad abierta, el mismo Mill que, no por casualidad, desconfió de tradiciones y religiones, y puso escasos reparos a la intervención del Estado en la distribución de la renta y la limitación de los derechos de propiedad.

No es evidente que lo progresista sea transformar las instituciones a golpe de ley, porque aunque son imprescindibles para la libertad no fueron creadas racional e ilustradamente por las leyes, sino que son producto de una larga evolución con la que no es gratuito jugar. Editorializó bien ABC cuando dijo que el matrimonio «no es un asunto meramente privado». Esta sensatez choca con la imagen del individuo «libre» pero solitario, sin más amparo que la política. De ahí que no se conciba el liberalismo sino como peligro para la libertad. Se teme a los «neoconservadores» (manía de ponerle «neo» a todo lo que no cambia, y no ponérselo al socialismo, que no está nunca quieto); se atribuyen al liberalismo vicios de sus adversarios, como el historicismo, y se lo combate desde un efímero individualismo posmoderno, sin identidades fuera de la nación y la cultura, ni ontología, porque se aduce que no somos más que figuras de hielo que se derriten. O se identifica el liberalismo con un país, un gobernante, una política exterior, una guerra. El mensaje es que debemos encerrarnos con nosotros mismos y esperar sin resistir mientras nos derretimos, porque todo es aleatorio. Ese liberalismo individualista, claro, es fácil de dominar. El liberalismo de matrimonio, familia, religión, propiedad privada, empresa y comunidad es más difícil.

El liberalismo individualista es atacado también por la Iglesia, que lo identifica erradamente con todo el liberalismo; cede así ante el poder, sólo para encontrarse con que ella misma es el próximo objetivo a aniquilar o subordinar, precisamente por lo que tiene de liberal. Y así, mientras se pretende que las instituciones de la libertad son rémoras reaccionarias, nadie denuncia que lo que ha sucedido con ellas es que han perdido peso en todo el mundo. Al contrario, sigue tan campante la letal fábula según la cual el «progreso» estriba en liquidarlas y dejarnos a todos solos frente a la política, que paradójicamente fomentará la democracia limitando nuestra capacidad de elección, y la libertad garantizando nuestra sumisión al poder político, que, eso sí, nos dejará ser felices individualmente hasta que algún abnegado progresista nos mate para que no suframos más.

Los socialistas sonreirán y exigirán aplausos por extender «derechos de ciudadanía» y demás embustes republicanos que utilizan la libertad personal contra las personas, pretendiendo defenderlas. Procurarán recluirnos en nuestra individualidad con placeres pero sin principios, sin propiedad y sin libertad, que no serán plenamente nuestros jamás, sino apenas gracias que concede la política y que siempre nos puede quitar, como el carné por puntos. Se hostigará al matrimonio y la familia, pero habrá muchas guarderías. Será muy importante proteger a los animales y la naturaleza, pero las personas serán vigiladas severamente cuando conduzcan. Toda sexualidad será promovida, pero estará terminantemente prohibido fumar.