El indeciso patológico

M. MARTÍN FERRAND
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José Luis Rodríguez Zapatero se ha instalado en la indecisión. La duda es una semilla desde la que pueden germinar los aciertos más rotundos o los fracasos más dañinos; pero, llegado el caso, quien no es capaz de tomar ninguno de los caminos que se le ofrecen está renunciando al éxito posible para enfrentarse a la frustración segura. Un error puede enmendarse con otra decisión más oportuna y cabal; pero el irresoluto se instala en la perplejidad y difícilmente podrá escapar de ella. José Blanco acaba de darnos un ejemplo de eficacia resolutiva: ha zanjado con un decreto ley los excesos y la provocación de los controladores aéreos. Asume el riesgo de que el Congreso no le respalde, como permite el procedimiento elegido, e, incluso, que los controladores se encastillen en la defensa de su abusiva posición; pero, de momento, los 2.300 controladores de AENA ya saben que ha cambiado la dirección del viento y, en el peor de los casos, le habrán visto las orejas al lobo y actuarán con mayor prudencia y menor altanería.

Zapatero no ha sido capaz de decidir. Los «agentes sociales» le tienen comida la moral y quieren fundamentar la esperanza del futuro en la perpetuación de los malos hábitos del pasado, todo un imposible. Caben tres hipótesis para tratar de entender los paños calientes con los que el presidente trata de enfrentarse a la gravísima situación social y económica -la política va por otros derroteros- que padecemos: a) Está tan poseído por su anacrónica fe socialdemócrata que, inmerso en el fanatismo, se niega al raciocinio y a los modos que se llevan en la eurozona; b) Es un insensato convencido de que el tiempo lo arregla todo y prefiere ser querido por su debilidad que admirado por sus aciertos; y c) Los sindicatos, convertidos en el cuarto poder del Estado, le tienen esclavizado con sus amenazas movilizadoras. Cualquiera de esos supuestos resulta demoledor y, más todavía, si los consideramos en su conjunto o en sus posibles combinaciones de dos en dos. Así no nos redimiremos del paro que asfixia nuestra realidad, ni el Estado aliviará su déficit demoledor, ni se incrementará la competitividad en los mercados internacionales, ni -mucho menos- aumentará la productividad nacional; pero, quizá, Zapatero pueda seguir instalado en el machito. Así debe tenerlo calculado porque ese es el método y el consuelo de los irresolutos patológicos.