En la incubadora

Por JUAN MANUEL DE PRADA
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Ahora el mundo se llama Jimena, y los planetas giran en su derredor, absortos y trémulos, custodiando su respiración. Mi primogénita ha nacido algo corta de peso, después de una cesárea que abrevió su gestación, y sus primeros días los consume en una incubadora que parece un invernadero para bonsais. A la hora asignada a las visitas, me enfundo una bata verde y penetro en el silencio religioso de la sala de prematuros, con la veneración del neófito a quien le son abiertas las puertas del tabernáculo. Jimena duerme, misteriosa como un jeroglífico, exiliada de nuestras zozobras, casta y voluptuosa como el cisne que ignora su belleza o el rocío que estremece la hierba. A veces manotea, como si espantase una telaraña, frunce el morrito o se desentumece con esa dulce fragilidad que tienen los cachorros, cuando el sol hiere las brumas de su letargo. Entonces aprovecho para examinarla más de cerca, y enumero sus dedos que copian los míos, dedos larguísimos y nostálgicos de una antigua pureza, como de mosaico bizantino, que quizá mañana se dediquen al arte. Las enfermeras, un ejército de hadas blancas que vigilan su sueño, me dicen que Jimena es mi vivo retrato, pero yo creo descubrir en su naricilla apenas formulada el respingo de la nariz de su madre, y en su mirada el rescoldo de la mirada de su madre, en la que tantas veces he visto volar pájaros fugitivos. Los días la irán completando poco a poco, irán poniendo lumbre en sus ojos y una canción de palabras en su boca, pero por el momento Jimena es un cuerpecillo apenas moldeado en el que cabe el tamaño de nuestra esperanza.

Ayer su madre la amamantó por vez primera. Sus labios, que aún no han aprendido a besar, se aferran con avidez al seno que se le brinda y lo vacían sin demasiados miramientos, como si allí dentro se guardase el elixir que la hace invulnerable, la luz que abrasa los gérmenes y limpia los pecados. Apretada contra el seno de su madre, Jimena se amodorra, pero enseguida retorna a su perezosa vigilia, y busca con la boca abierta el pezón que quizá destile, junto a la leche nutricia, alguna música de recóndita calidez que la apacigua y embriaga. Es entonces, mientras el sueño se derrama sobre sus párpados, cuando me acomete cierta forma de pudorosa envidia: madre e hija forman un cuadro tan armónico que no me atrevo a perturbarlas con palabras intrusas. Luego, cuando vuelvo con Jimena en brazos a la sala de prematuros, noto entre mis manos su liviandad de estrella, su tibieza ahíta, su respiración diminuta que desafía y ensordece el universo.

Las enfermeras vuelven a depositarla en la incubadora, y yo me quedo durante un rato vigilando su digestión, contando los latidos que estremecen su pecho, intentando adivinar en ellos algún secreto código morse. Más allá de las certezas que nos procura la ciencia, triunfa en mí algo semejante al atolondramiento. Durante nueve meses, uno se ejercita mentalmente en las tareas de la paternidad; pero cuando por fin la vida irrumpe ante nosotros, todas las sabidurías heredadas se desmoronan, y uno se queda perplejo y como paralizado ante esa niña que duerme en la incubadora, misteriosa como un jeroglífico, exiliada de nuestras zozobras, casta y voluptuosa como el cisne que ignora su belleza o el rocío que estremece la hierba. La vida que Dios regala es un enigma que excede nuestra capacidad de comprensión; y la única solución es entregarnos a ella con alborozo y pavor, con exultación y angustia, como los pájaros se entregan al aire que los sostiene. Ahora el mundo se llama Jimena, y a su protección encomiendo mis balbuceos de padre atolondrado.