Lo importante no es vivir, sino navegar

Por Alfonso ARMADA
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Nos gusta pensar que el mundo mejorará no porque esté en su naturaleza, sino en la nuestra: nos gusta creer que la muerte tiene remedio, es decir, que tardará tanto en llegar que podremos olvidarnos de ella para vivir como si fuera para siempre. Y cuando llegue la hora, ya se verá. En su «carnet de notas», lúcidamente titulado «La provincia del hombre», Elías Canetti escribió: «Un día se verá que con cada muerte los hombres se vuelven peores». Para refutarlo, y con distinto equipaje moral, ideológico y financiero, pero la misma carne frágil y vulnerable, contemporáneos del mismo mundo y sus desolladeros, dos foros se han encendido en dos puntos de América. Tan solo 7.000 kilómetros de fibra óptica por desplegar y 7.000 kilómetros contantes y sonantes entre el Norte y el Sur separan Nueva York de Porto Alegre. En Nueva York desembarcaron cerca de los 3.000 intérpretes del Foro Económico Mundial: algunos de los más poderosos especímenes del mundo económico y político, acompañados de científicos, sociólogos y artistas, por primera vez desplazados de las montañas nevadas de Davos como una forma de enjugar y compartir las heridas sufridas por Manhattan el 11 de septiembre. Sitiados por un ejército de policías en el lujoso hotel Waldorf Astoria, el mundo después del terror y la mejor forma de atajar la pobreza para que el capitalismo no se cave su propia tumba fueron temas de debate diurno, mientras las noches eran para las fiestas exclusivas en las mansiones y restaurantes que se asoman a la noche vertiginosa de Manhattan menos dos torres. El Porto Alegre brasileño se quiso estos días de invierno de un año cuyo carácter palíndromo es un espejo tan juguetón como inquietante contrapunto al foro neoyorquino: los que no creen que el curso que sigue la mundialización vaya a revertir las condiciones de vida de más de un tercio de la población mundial, que sobrevive como puede con menos de un dólar al día. Si los atentados de septiembre recordaron a la cabeza de Occidente que su inmenso poder es vulnerable, las voces y los ecos de Nueva York y Porto Alegre, los pocos manifestantes que desafiaron al frío y a la Policía en Nueva York, y las decenas de miles que cantaron en las calles del puerto brasileño, no han logrado rebatir el sombrío augurio de Elías Canetti. Pero hay que seguir navegando.

Alfonso ARMADA

Internacional páginas 28 y 29