Guy Sorman

La ideología basada en la identidad

Es posible respetar los tratados sobre los derechos de los refugiados, ilustrar la Unión Europea, celebrar el euro y desarrollar la tolerancia hacia las diferencias a través de políticas concretas, educativas y sociales

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Las controversias que ha despertado en Europa la acogida de refugiados e inmigrantes no es más que una faceta de un fenómeno más amplio: el ascenso de la ideología basada en la identidad. En nuestras naciones surgen reivindicaciones por todas partes, pero sobre todo rechazo hacia los demás, porque son diferentes, extranjeros, llegados de otra parte, con otro color de piel, otra religión. Estas posturas extremas, sin precedentes en la historia reciente, se basan en cierta idea de identidad nacional, incluso de identidad regional. Evidentemente, la identidad es una construcción artificial, dado que en Europa todos somos mestizos, herederos de cruces de poblaciones, idiomas, religiones y culturas. La nación misma es un concepto reciente: en Europa, hasta el siglo XIX, cada uno se definía a sí mismo no por su ciudadanía, que no existía, sino por su religión y su sometimiento a un monarca. Por lo tanto, debemos preguntarnos por qué estas identidades nacionales ocupan de repente un lugar así en el discurso político y, admitámoslo, en la opinión pública y los sentimientos populares.

Desde luego, el odio hacia el otro siempre ha existido y constituye un cemento político probado a lo largo del tiempo. Para un tribuno, para un partido, ni siquiera es necesario proponer un programa, pues la xenofobia es lo suficientemente poderosa como para crear una minoría que actúa unida, o incluso, como en Polonia, Hungría, Italia, una mayoría de gobierno. Esta xenofobia en sentido amplio, en nombre de la identidad, se ha convertido en un atajo para el ejercicio del poder. España, a este respecto, sigue siendo una notable excepción en Europa, porque, aparte de los separatistas catalanes y vascos, los partidos políticos siguen ofreciendo programas: probablemente los españoles estén vacunados contra el populismo y el autoritarismo, al haberlos experimentado bajo el régimen de Franco. En cualquier caso, esta es la explicación que me viene a la cabeza.

En otros lugares, pero también en Cataluña, el éxito de la ideología basada en la identidad no puede explicarse solo por su facilidad y por la seducción psicológica que produce el rechazo del otro. Creo que hay que añadir una razón adicional, contemporánea, que deriva del Estado de bienestar. La ciudadanía y la identidad nacional proporcionan en nuestros días innumerables derechos y beneficios, subsidios de todo tipo que salen de nuestros bolsillos y que el Estado redistribuye. Este Estado nos cuesta tan caro y nos devuelve tanto que no queremos redistribuirlo para beneficiar a extranjeros que nunca han cotizado: la negativa a acoger a los recién llegados también se explica por este aspecto material, el temor a que los refugiados nos cuesten demasiado. Pero no basta con analizar o denunciar con desdén la ideología basada en la identidad; también debemos proponer alternativas.

Consideremos los dos aspectos de esta ideología, el psicológico y el material. Admitiendo que exista esta identidad nacional, ¿qué esperamos del otro? Como mínimo, que hable nuestro idioma. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, en Europa la integración lingüística por medio de la escuela o de los adultos es inexistente o da sus primeros pasos y convendría organizarla. ¿La religión? El islam, pues hay que llamarlo por su nombre, no se tolera bien en Europa porque es poco conocido, y se reprocha a los musulmanes que sean creyentes mientras que los cristianos prácticamente ya no lo son. Tampoco en este caso vendría mal un poco de pedagogía.

Pasemos a los aspectos materiales. La semana pasada propuse en ABC cobrar por los visados de trabajo, considerando que era una buena inversión para los inmigrantes. Es una sugerencia, pero hay otras. Desde esta misma perspectiva, se podría vincular más claramente los beneficios sociales al hecho de haber contribuido o no al Estado de bienestar. Finalmente, habría que facilitar el acceso de los inmigrantes al mercado laboral eximiéndolos a ellos o a sus empleadores de determinadas obligaciones, como las prestaciones por desempleo o el salario mínimo cuando se trate de trabajadores nuevos no capacitados. La historia de la inmigración en Europa demuestra claramente que los extranjeros se integran ante todo por el trabajo y que son aceptados por los residentes nacionales desde el momento en que trabajan.

En este debate, Europa merece un destino especial, puesto que los movimientos de identidad son al mismo tiempo antieuropeos, lo que constituye una paradoja asombrosa: los países que más se benefician de Europa -Grecia, Italia, Polonia, Hungría- son aquellos en los que la ideología basada en la identidad es más antieuropea. Los británicos descubren a su vez que no podrán sobrevivir fuera de Europa.

Está claro que nos enfrentamos a una increíble falta de información y también a un déficit democrático. Ambos podrían corregirse: la información debería comenzar en la escuela y las elecciones europeas deberían ser europeas, mientras que, de momento, se organizan sobre una base nacional. No existe una clase política europea cuyo destino esté ligado a Europa, pero debería existir y constituirse en las próximas elecciones al Parlamento Europeo.

En resumidas cuentas, me parece posible contener la ideología basada en la identidad con argumentos racionales. Es posible respetar los tratados sobre los derechos de los refugiados, ilustrar la Unión Europea, celebrar el euro y desarrollar la tolerancia hacia las diferencias a través de políticas concretas, educativas y sociales. De momento, estas políticas no existen, pero el riesgo es alto, no solo por el ascenso electoral del populismo, sino sobre todo por la violencia implícita de esta ideología basada en la identidad que puede degenerar en violencia abierta en cualquier momento. La reprobación intelectual y moral no bastará para contener esta violencia.