El huevo y la serpiente

JUAN MANUEL DE PRADA
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LLEVAMOS muchos años escuchando la misma monserga: que si la ETA está desmantelada, que si la ETA carece de capacidad operativa, que si la ETA tiene cada vez más dificultades para sustituir a los criminales capturados, etcétera. También llevamos muchos años escuchando, cada vez que la ETA actúa, que sus crímenes no son sino estertores de una serpiente agónica que se retuerce convulsivamente. Pero la tozuda realidad nos demuestra que la ETA es más bien una hidra; y más concretamente la hidra de Lerna, con una capacidad regenerativa que deja chiquitos todos los esfuerzos policiales. Ahora que la banda terrorista celebra por todo lo alto el quincuagésimo aniversario de su fundación convendría que nos dejáramos de paparruchas complacientes e intentásemos dilucidar la razón de su capacidad regenerativa.

Y la razón de esa capacidad nos la ofrece una encuesta reciente, en la que hasta un quince por ciento de los adolescentes vascos -muchachos de entre 12 y 16 años- reconoce sin ambages que la violencia es un instrumento legítimo de lucha política. Si un 15 por ciento de adolescentes vascos no tiene empacho en proclamarlo hemos de deducir que el porcentaje de quienes aceptan para su coleto tales métodos sin atreverse a proclamarlo debe de ser mucho mayor; suficientemente grande, desde luego, para asegurar ese «recambio generacional» que la ETA requiere para seguir perpetrando sus crímenes. Y lo verdaderamente milagroso es que tales porcentajes no sean aún mayores; pues, si nos pusiéramos en el pellejo de esos adolescentes vascos, nosotros también aceptaríamos la violencia como instrumento legítimo contra un dominio opresor.

Para llegar a esta conclusión no hace falta sino considerar dos elementos de juicio. El primero atañe a la propia naturaleza humana: la adolescencia es edad ardorosa, propensa a incubar quimeras, propensa a las efusiones que brotan generosas del corazón y ofuscan la capacidad de raciocinio. El segundo elemento es tan notorio y gigantesco que suele pasar inadvertido: esos adolescentes reciben una educación que fomenta el odio concienzudo hacia «lo español», a través de una tergiversación sistemática de la historia que presenta a los españoles como una patulea de conquistadores que han hecho de la opresión el instrumento de su dominio. Bastaría que nuestras autoridades, en lugar de aturdirnos con las mismas monsergas sobre el inminente desmantelamiento de la ETA, se tomaran la molestia de hojear los manuales de historia que estudian los adolescentes vascos para que llegaran a la conclusión de que en esos libros se halla el huevo de la serpiente cuyos coletazos padecemos... y seguiremos padeciendo mientras no se combatan sus causas.

Combatir sus causas significa acabar para siempre con esa vía nutricia que asegura la capacidad regenerativa de la banda terrorista. Un muchacho a quien se inculca, con la anuencia (o incluso el aplauso) de la autoridad educativa, una idea quimérica de la patria vasca, a quien desde la escuela se le instilan insisidas constantes que no tienen otro propósito sino mantener vigoroso el veneno del odio contra la «dominación española», no le queda otro remedio -si es que aún tiene sangre en las venas- que aceptar el uso de la violencia contra los opresores de su pueblo. Este es el semillero que convierte a la serpiente etarra en una hidra de Lerna; y, mientras ese semillero no sea arrasado, al entramado social que presta su aliento a los terroristas le bastará con incubar con esmero y delicadeza el huevo de la serpiente. Entretando, seguiremos escuchando la misma monserga: que si la ETA está desmantelada, que si la ETA carece de capacidad operativa, que si la ETA tiene cada vez más dificultades para sustituir a los criminales capturados, etcétera.

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