El hombre de Davos busca confianza

Por VALENTÍ PUIG
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ANTAÑO se acudía al Foro de Davos con el mejor bronceado posible, como quien pasa más tiempo con los esquís o los palos de golf que en los consejos de administración. En los años confiados antes del 11 de Setiembre y de la quiebra de la confianza corporativa, era mejor parecer joven y agresivo que maduro y sensato. Han sido tiempos de gimnasio y no de biblioteca. Dicen que para el "homo Davos" las cosas han cambiado este año y el "Financial Times" anuncia que, como gesto de austeridad, no habrá gala final de las jornadas que convoca el Foro Económico Mundial como iniciativa privada. "Confianza" y "globalidad" son las claves de cada sesión de un Foro Económico Mundial interseccionado por la sombra de una intervención norteamericana en Irak que cría desconfianza europea y altera los mercados globales.

Luego vendrán los diagnósticos sobre el estado psíquico y moral del hombre de Davos. A los tiempos alegres casi siempre les siguen una fase sombría. En esta ocasión va a tener más resonancia el penúltimo ultimátum que Colin Powell envíe a Sadam Husein desde Davos que cualquier heroicidad tecnológica de Bill Gates, también presente. Tras aquellos entusiasmos de la nueva economía el tema de pasillos será posiblemente la nueva logística militar. Incluso el miedo tiene sus ritmos. Hasta el último minuto, Kofi Annan intenta que una delegación norcoreana se decida pasar unos días en esos Alpes de Davos. Aunque Lula da Silva ya acuda a Davos, el movimiento anti-globalización persiste en suponer -quizás con menos energía- que el Foro Económico Mundial incide alevosamente en el efecto invernadero.

En un sanatorio de Davos fue donde Thomas Mann concibió "La montaña mágica". En un mundo salpicado por millones de teléfonos móviles ponerse a leer la larga novela de Mann sería un comportamiento algo excéntrico aunque no esté de más recordar unas páginas en las que quedaron expuestas no pocas de las angustias y pavores de una Europa que iba a enfangarse en las trincheras de la Gran Guerra. Después de "La montaña mágica", el hombre de Davos no está para coqueteos con la eternidad. El genio de Fausto más bien opera en los laboratorios del Instituto de Tecnología de Massachussets. Hoy vivimos grandes conjuros que trasladan millones de dólares de un extremo a otro del planeta dándole a una tecla del ordenador.

Una crisis de confianza apesadumbra a quienes piensan algo en Davos. Desde luego no será la primera ni la segunda vez que crisis similares han sido superadas ya sea de forma gradual o con una suerte de "big bang". No pocas veces el resultado de una crisis de confianza consiste en reforzar la posibilidad de confianza futura cuando se logra divisar la linde de perspectiva entre el bosque y los árboles. Tan solo por eso el Foro de Davos ya sería positivo porque permite perfilar criterios. La agitación de figuras mundiales y experiencias económicas no es vana. El prestigio de las clases dirigentes del mundo sube y baja por los funiculares de Davos. Van llegando el "yuppy" que consiguió una fortuna, el estadista ya sin escaño, el especulador convertido en profeta, el tipo que lo inventó todo en el garaje de casa. Aparecen los gurús de la gestión empresarial, los sumos sacerdotes del petróleo, los procónsules de las finanzas. Van a pasar unos días en los Alpes, plétoricos en la auscultación del vértigo de este mundo a inicios de siglo. Como de costumbre, el hombre de Davos va a quedarse sin saber cuál es realmente la voz de la Unión Europea.

vpuig@abc.es