EL HOCKEY Y LA POLÍTICA

Por M. MARTÍN FERRAND/
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UN acontecimiento deportivo menor, la victoria de la selección catalana en el Mundial B de hockey sobre patines, en Macao, ha servido de espoleta para el desmelenamiento nacionalista del tripartito que gobierna en la Generalitat. El propio presidente Pasqual Maragall, socio político imprescindible para el sostén de José Luis Rodríguez Zapatero y máxima autoridad del Estado español en Cataluña, no ha tenido reparo alguno en fotografiarse, junto a los protagonistas del éxito deportivo, en el centro de un mar de banderas separatistas. A más a más, como dicen en Barcelona, el conseller en cap, Josep Bargalló, y el ministro de Zapatero y muñidor del Govern, José Montilla, han insistido en declarar que no es conveniente politizar el asunto de las selecciones deportivas.

Me viene a la memoria, a propósito de politizaciones, la figura de Jorge Vigón Suerodiaz, el general de Artillería que, procedente de Acción Española y consejero privado del Conde de Barcelona, fue ministro de Obras Públicas de Francisco Franco. Con ocasión de los XXV años de Paz, el mayor de los fastos del régimen, Vigón inauguró, al norte de la Sierra de Guadarrama, un «Miliario del Caudillo» y, para darle mayor relieve al acontecimiento, hizo que acudieran a la ceremonia, y de uniforme, todos los ingenieros de Caminos titulados en España. El ministro, que tenía la costumbre de la pluma, ante no recuerdo qué circunstancia, escuchó de Franco un lacónico consejo: «Haga usted lo que yo, no se meta en política».

Aquí nadie se mete en política. Ni Franco, ni Vigón, ni Maragall, ni Bargalló, ni Montilla...; pero, ¿no es político el disparatado gesto de Rafael Niubó, responsable de los de-portes en el Govern de la Generalitat cuando propone que la Selección Española se busque otro nombre para evitar el deseado enfrentamiento entre Cataluña y España? Gritar a pleno pulmón Catalunya, una nació, una selecció no es inocente y tiene un sentido que va más allá de almorzar pa amb tomáquet. Es, en vísperas de la reunión de Zapatero con todos -¿todos?- los presidentes de las Autonomías, un claro mensaje de diferenciación y distanciamiento, un gesto demagógico en la escalada soberanista que aúna las voluntades del mosaico que gobierna en Cataluña.

Si España no fuera posible en el diseño territorial previsto en la Constitución vigente, el asunto, de extraordinaria gravedad, afecta y compete a la totalidad de los españo-les y no debe ser abordado, en disimulos y pellizcos monjiles, con astucias a lo Montilla, el ministro secretario general del PSC, que busca un dominio en Internet -.cat-, propio para Cataluña, al modo de sus pretendidas matrículas para los automóviles en el permanente desplazamiento hacia lo accesorio, en perjuicio de lo fundamental, que es santo y seña del Gobierno al que pertenece y en el que Zapatero, sin perder la compostura, ejerce el papel de un sonriente don Tancredo.