Hermosas y feas historias del mar

Por M. MARTÍN FERRAND
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Quienes vivimos obsesionados por la actualidad -esa pasión que se enmustia cada veinticuatro horas-, tendemos a coincidir con los historiadores, e incluso con los paleontólogos, en el gozo por la reconstrucción del tiempo pasado. Vivir el presente con la intensidad que requiere el periodismo exige la reparación constante de la inmersión en el ayer. Es el bálsamo, quizás el narcótico, que alivia las irritaciones de lo cotidiano y, lo mismo si se escucha la Pastoral de Beethoven que si se lee una novela de Tolstoi -¿será pleonasmo decir novela y rusa?-, se trata de un ejercicio reparador indispensable para enfrentarse al análisis sobre el bien calculado cinismo de Arnaldo Otegui o al de las histerias teocráticas de Mohamed VI.

El puerto de Santander, estos pasados días, ha sido etapa de la regata «Cutty Sark». Seis docenas de veleros antañones y -¿por eso?- hermosos arribaron a la Bahía más bonita del Cantábrico luciendo sus palos y aparejos para recordarnos la terminología náutica que nos habían enseñado los capitanes piratas de Emilio Salgari en aquellos tiempos en que los niños nos entreteníamos mejor con un imaginario corsario de papel que con el Grand Prix de TVE. El bauprés, al menos para la gente de mi generación, volvió a tener el sentido de asegurar los estayes del trinquete.

Antes de salir para Portsmouth, en el abra de El Sardinero, los barcos -fragatas, bergantines, goletas...- desplegaron sus velas, en singular parada, como si se tratara de un himno al ayer, un canto a las tradiciones de la mar, un quiebro a las tecnologías de última hora y una burla a la prisa contemporánea. ¿Quién ha dicho, dónde está escrito, que de Santander a Portsmouth hay que tardar menos de diez o doce días? En los periódicos de ayer -los veleros son para la tele- la noticia de esta majestuosa regata se confundía con el anacronismo, también naval, de un barco negrero español, el Ocean King, capturado en el puerto de Arrecife, en Lanzarote, con veinte esclavos en el sollado.

El armador negrero, un español enmascarado en las informaciones con las iniciales M.B.C., y el capitán del barco, un mauritano, ya están en la prisión de Tahíche. Según la policía, las condiciones de transporte de los «ilegales subsaharianos» que integraban la mercancía de tan siniestro buque «eran peores que las de los esclavos del XVIII». No es de extrañar. El progreso conlleva, a cambio de un mal llamado bienestar, una gran dosis de perversión. Especialmente porque un delito tan sucio como el de los patrones del Ocean King está tasado en los códigos en aras de la certeza jurídica que tanto nos enorgullece. El mercado, hoy, descuenta esos costes extraordinarios.