Harry Potter no sabe catalán

Por M. MARTÍN FERRAND
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Cuando los poderes del Estado, en cualquiera de sus formas, abandonan el territorio limitado por la Ley para abordar lo que nos conviene a los ciudadanos en el ámbito de la moral y las costumbres, se produce una perversión cuyos graves efectos se advierten mirando por el retrovisor de la Historia. El Índice de libros prohibidos, por ejemplo, hijo del Concilio de Trento y herramienta de la Inquisición española hasta su desaparición a mediados del XIX, pretendía perseguir, primero, el erasmismo y, más tarde, el enciclopedismo; pero, de verdad, lo que consiguió fue el fomento de la ignorancia y el miedo al conocimiento.

En 1929, la Unión de los escritores soviéticos creó la Literatúrnaia Gazieta, que llegó a alcanzar una difusión próxima al millón de ejemplares y que delimitaba con enérgica precisión el territorio cultural por el que podían circular los «ciudadanos» soviéticos. Ahí están los resultados. En la España más actual, Gabriel Arias Salgado, ministro que fue de Información y Turismo, se pavoneaba, al margen de la censura política, de que gracias a la censura moral impuesta por el franquismo el porcentaje de españoles en el cielo era muy superior al de los demás países del mundo. Siempre hay alguien que, instalado en la patología del poder, sabe lo que nos conviene en el orden político, moral, cultural, estético y hasta lo que puede hacernos más felices.

CDC, el partido de Jordi Pujol, no es ajeno a esa larga y nefasta tradición orientadora y ha lanzado una campaña contra la productora cinematográfica Warner Bros porque, dicen, discrimina el catalán cuando se niega a doblar a ese idioma su película «Harry Potter y la piedra filosofal». Hablan de «falta de respeto a Cataluña» y recuerdan que «tienen derecho a ver películas en catalán en su país».

Cuando los hermanos Albert, Harry, Jack y Sam Warner crearon, en 1913, su empresa cinematográfica el cine era mudo. Fue, precisamente, la Warner la que, en 1927, introdujo el avance del sonoro y son culpables porque, al diseñar una industria de ambición mundial, previeron que sus producciones originales en lengua inglesa se doblaran al castellano, con un mercado potencial de cuatrocientos millones de personas, pero no al catalán con sus seis millones de parlantes. Ahora, el hijo de J. K. Rowling, el mayor fenómeno de la literatura infantil de los últimos tiempos, no le ha enseñado catalán al joven mago. ¿Una catástrofe?

El boicot que postulan los muy poco políglotas militantes de CDC -mucha Cataluña, poca convergencia y nada de democracia- llega a recomendar que los ciudadanos responsables no vean ninguna película de la Warner. La Generalitat, en una práctica de fomento de la competencia desleal, había ofrecido a esa productora correr con los gastos del doblaje; pero, con un criterio de mercado, no lingüístico, los de Hollywood no quieren atomizar su oferta mundial y se resisten a trabajar en idiomas, vistos a la escala de su mercado, minoritarios. Esa es una actitud, al menos, tan respetable como la voluntad idiomática que empuja, con el exceso de la exclusión, a estos rabiosos apóstoles del catalanismo que, según la tradición inquisidora, saben muy bien lo que les conviene a los niños y jóvenes de Cataluña a la hora de ir al cine. «El último tango» en Perpignan y «Harry Potter» en Zaragoza. Somos así.