Haider vuelve a lo suyo

Emili J. BLASCO
Actualizado:

Aotros habría que concederles el beneficio de la duda. Pero no al austriaco Jörg Haider, líder del derechista VPÖ, maestro en el arte del amago y de la disculpa cuando la insinuación ha resultado demasiado burda. Subirse a una moto y levantar el brazo para ¿saludar a alguien? pueden hacerlo muchas personas, no Haider, en exceso atento a la presencia de fotógrafos como aceptar como casual ninguna de las imágenes que de él aparecen. Si a Haider se le ve con el brazo en alto, subido por lo demás a una moto de gran cilindrada que refuerza el perfil varonil que tanto cuida, caben pocas dudas de que es así porque así ha querido aparecer.

En un reciente recorrido por la tribuna desde la que Hitler se dirigía a las masas en los congresos anuales que el partido nazi organizaba en Núremberg, al que esto escribe le sorprendió el esfuerzo de todos los visitantes por mantener el brazo bien pegado al cuerpo. Situados en el mismo lugar donde se plantaba el Führer, hubiera sido fácil -y hasta disculpable en el caso de personas sin significación política- imitar su gesticulación y posturas. Pero nadie tuvo la frivolidad de concederse esa licencia, ni siquiera de broma.

Haider, en cambio, moviéndose en la bífida línea de la ambigüedad, lanza un guiño para los seguidores que se mueven en la parafernalia nazi y al mismo tiempo se reserva una fácil justificación para callar las voces de las personas decentes, aquellas que tiemblan cuando en las manifestaciones neonazis los brazos se elevan al unísono en una misma dirección.

Condenado a un cierto ostracismo político, con el protagonismo ganado por el canciller, el democristiano Schüssel, después de la renta que consiguió gracias al boicot europeo con la llegada del VPÖ al Gobierno, a Haider no le queda más arma que llamar la atención con sus salidas de tono. El hecho de que ya lleve varias en este comienzo de curso político parece demostrar que el líder del VPÖ pugna por un regreso.

Esta misma semana, Haider criticaba al Gobierno alemán por contar con un ministro «terrorista», en referencia al titular alemán de Asuntos Exteriores, Joschka Fischer, por su intervención en las revueltas de los años sesenta y setenta, y con otro que es un «cachondo sexual», en alusión al ministro de Defensa, Rudolf Scharping, por sus viajes en avión oficial para estar con su novia. Estas palabras fueron recibidas por la Prensa austriaca como «la vuelta al cole» de Haider, quien bien podría calificarse él mismo de «cachondo» si no fuera porque lo que a veces ha dado en llamar meras bromas hielan la sangre de cuantos tienen memoria histórica.

La demonización de Haider es una consecuencia probablemente errada de su actitud y puede llevar a simplificar el significado del apoyo nada despreciable que logra el VPÖ en las distintas elecciones austriacas. Pero intentar comprender la complejidad de la sociedad de un país no puede hacerse al precio de pasar por alto acciones inadmisibles.