GUINNESS

Por Alfonso USSÍA
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IGNORO si Guinness es o era un señor o una organización o una casa editorial. Guinness es una cerveza muy conocida y que se bebe una barbaridad. Y Alec Guinness fue un actor inconmensurable, que mereció el tratamiento de «sir». «Guinness» se llamaba también un perro pirado, de raza confusa, que tenía mi amigo Eugenio Egoscozábal en San Sebastián. Aquel diabólico can intentó en más de una ocasión horadar mis pantorrillas con escaso éxito. Por aquel tiempo mis pantorrillas poseían una capacidad de reacción extraordinaria y «Guinness» falleció sin probar su bocado más apetecido. Eugenio tenía también un loro que respondía al nombre de «Voltaire» y que se alimentaba con kiwis y chirimoyas. Expulsaba con tal fuerza y tino las pipas de las chirimoyas contra la masa de «Guinness» que se llegaba a comprender y excusar el mal carácter del desdichado perro. Una noche agosteña, «Voltaire» voló hasta la baranda de la terraza de su dueño para admirar el paisaje de la bahía de La Concha. «Guinness» le atacó por la espalda y dio un gran salto para atrapar al loro. Pero «Voltaire» hizo un escorzo muelle y se desplazó hacia la izquierda. El impulso de «Guinness» se topó con el vacío y, superada la barandilla, el fin no fue negociable. Se estrelló contra el suelo del paseo de Miraconcha mientras «Voltaire», desde arriba, le gritaba «¡Idiota, idiota!». En el fondo, aquel «Guinness» murió con dignidad.

Pero hay un «Guinness» que me saca de quicio. «El Libro Guinness de los Records». La antología de los tontos. La compilación de los hechos más estúpidos que puede protagonizar el «homo sapiens» para figurar en su espeluznante relación de hazañas. La tortilla más grande, el chorizo más largo, la mortadela más gorda, la fuchinga más alta... El tipo que bebe más litros de cerveza en menos tiempo, el fumador que hace con la boca más aros de humo con un cigarrillo, el individuo que más notas musicales registra en sus ventosidades. Cualquier necedad es posible y realizable para formar parte del gran libro de los tontos.

Ahora, en Madrid, se ha batido una nueva marca -fundamental para la Historia de la humanidad- que ha conseguido ingresar en el «Guinness». En el capitalino barrio del Pilar se han concentrado 430 mujeres bautizadas con el nombre de María del Pilar. Las pilis han pulverizado el «record» de las shirleys. Con anterioridad a la magna concentración de las pilares, la hazaña era propiedad de 122 australianas llamadas «Shirley», que se reunieron hace unos años en Adelaida. Pero nuestras pilis son muy suyas, y con gran arrojo e impecable organización han desbancado a las chicas de las antípodas y han ganado para España y Europa este honor excepcional. Es de esperar que las australianas, desbancadas de las páginas del «Guinness», reaccionen y consigan concentrar en Sidney a más de quinientas melissas, lo que a su vez impulsaría a las españolas que se llaman Tomasa a reunir en cualquier capital de provincia -hay que elegir bien el sitio- a 501 tomasas, lo que nos serviría para recuperar el apunte glorioso en la detestable publicación.

Ese libro de los «Records» tendría que responder a marcas no buscadas, a logros no programados y a casualidades naturales, exclusivamente. No es difícil cubrir con fichas de dominó o canicas de cristal la superficie de la Plaza Mayor de Madrid. Para ello se precisa tan sólo de una buena dosis de paciencia y otra, aún mayor, de estupidez. Produce alipori que estas chorradas merezcan el interés y la atención de la ciudadanía. Estas majaderías perfectamente meditadas humillan al pobre Darwin. Si la moda se extiende, y ya está lo suficientemente extendida, habrá que concluir que el hombre no desciende del mono. Que es el mono el que desciende del hombre. Mi enhorabuena a las pilis del «Guinness».