La guillotina

IGNACIO CAMACHO
Actualizado:

EL arte de la política exige siempre, de un modo u otro, la necesidad de matar. A daga, como César Borgia, o a veneno, como su padre. A espada, como Alejandro, o a besos, como Cleopatra. En la modernidad democrática esa liquidación del adversario reviste el civilizado ropaje del ostracismo, la expulsión o la condena, pero se trata del mismo principio de eliminar para crecer; el poder sólo se consigue y se retiene aniquilando. Hasta la psiquiatría preconiza el asesinato moral del padre como premisa para la independencia del adulto. Un político no alcanza la autoridad hasta que no ejercita su mano destructora. Necesita inspirar respeto, o al menos miedo; si es posible, miedo a su sentido de la justicia, pero miedo. Y a Mariano Rajoy le ha llegado la hora de hacerlo ver; por cuestión de supervivencia. O mata o muere.

Hasta ahora, el líder del PP había mantenido ante los conflictos una observancia contemplativa que benévolamente podía pasar por cachaza gallega. A veces hasta le ha salido bien; el tiempo y los errores ajenos han propiciado incluso la autoeliminación de sus rivales. Pero ha llegado un momento en que esa forma de administrar los plazos puede confundirse con debilidad ante lo único que un dirigente no puede mostrarse débil: el golferío, la mangancia, el latrocinio. La pringue del «caso Gürtel» reclama gestos explícitos, decisiones tajantes. Por ética, por estética, por decencia, por educación. Esos tipos que fardaban de coches regalados y de dinero fácil, esa desahogada morralla que celebraba su propia corrupción yéndose de putas con la banda de Don Vito no puede chulear a ningún hombre honrado que tenga las manos limpias y la cabeza despejada.

Para hacerse respetar, Rajoy va a tener que instalar en la puerta de la sede de Génova una guillotina como la de la Convención, y al frente de un Comité de Salvación Pública (y en este caso también privada) ejercer de jacobino implacable con sus propias filas. Y no va a bastar con las cabezas de cuatro pringados de medio pelo; o hace rodar las de unos cuantos próceres o no quedará quien le mantenga respeto. Eso puede implicar el desmantelamiento de alguna ejecutiva regional y acaso la remoción de alguna candidatura, pero la cuestión que se dilucida es la de dónde está el poder real del Partido Popular: si en la Presidencia nacional o en las baronías autonómicas.

Más allá del fondo cenagoso del proceso judicial estamos ante un escándalo de formas y conductas inadmisibles ante el que el presidente del PP no tiene que liderar sólo a un partido sino a todo el centro derecha español, que no puede sentirse representado por un hatajo de rufianes. Es la honestidad de ese enorme segmento social lo que demanda una respuesta incontestable. Y esta vez existe para aportarla un tiempo objetivo mucho más perentorio del que suele medir su parsimonia táctica.