La guerra de las Dos Rosas

... El PS ejemplifica la paradójica situación de la izquierda europea que, al mismo tiempo que la crisis rehabilita la intervención del Estado, la regulación y el gasto público o los principios «keynesianos», se encuentra prisionera del desacuerdo, como en Alemania o en Italia, dividida entre el reformismo y la demagogia, y desestabilizada política e ideológicamente por la crisis de una globalización que continúa a comienzos del siglo XXI y que no llega a creerse...

NICOLAS BAVEREZ
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DESDE que Nicolás Sarkozy fue elegido en 2007, el sistema político francés se caracteriza por la concentración de poderes y el activismo de la hiperpresidencia, por una parte, y por la incoherencia de la oposición por la otra. Se suponía que el congreso de Reims y la elección de un nuevo primer secretario para reemplazar el liderazgo blando de François Hollande iban a remediar la crisis endémica del Partido Socialista (PS); éste sale más dividido que nunca de los feroces enfrentamientos que condujeron a la victoria de Martine Aubry frente a Ségol_ne Royal por 67.451 votos contra 67.349. Reims ha resultado más mortífero incluso que el congreso de Rennes, en 1990, dominado por los ajustes de cuentas entre los partidarios de Lionel Jospin y los de Laurent Fabius. Ciertamente, la lucha final emprendida por el aparato del partido y la coalición de los elefantes (la vieja guardia del partido) contra la ex candidata a la Presidencia finalizó in extremis con la ventaja de los primeros, pero con un coste político exorbitante: un partido al borde de la implosión, una contrarrevolución de los miembros del aparato a modo de renovación, y un profundo descrédito ante los militantes y aun más ante los franceses. Es más, en el fondo no se arregló nada. Ségol_ne Royal se apresuró a movilizar sus apoyos ante la perspectiva de las elecciones presidenciales de 2012 al grito de guerra de «la batalla continúa».

Bajo el cisma entre antiguos y modernos despunta una crisis existencial del partido socialista que debilita su función de oposición y lo descalifica para ejercer la responsabilidad del poder. El Congreso de Reims entierra al partido que surgió de las ruinas de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) en Epinay, en 1971, bajo la batuta de François Mitterrand. Por eso no ha conseguido crear las condiciones para una modernización.

La violencia de los conflictos y la mecánica del desenlace en torno al «todo excepto Ségol_ne» intensificaron la claridad de las disfunciones y el arcaísmo del PS. La organización del partido en corrientes, que refleja su tradición parlamentarista y la naturaleza de su constitución de cargos electos, está desfasada tanto con la lógica presidencial de la V República como con la evolución de la sociedad francesa. La estrategia de unión de la izquierda está abocada al fracaso a nivel nacional, a causa del hundimiento del Partido Comunista y de los Verdes. La perpetuación de una retórica neomarxista, situada bajo el doble signo de la lucha de clases y del antiliberalismo, está en contradicción con la sociología de un partido de notables, con una práctica reformista y aun más con las expectativas de los franceses. El partido socialista ya es indisociable de las etapas del divorcio entre Francia y la modernidad: la de 1981, con la aplicación del programa común que puso al país al borde de la tutela del FMI; la de 1989, con la defensa encarnizada de las fronteras de la Guerra Fría y el rechazo de la nueva situación europea que surgió de la caída del muro de Berlín; y la de 2005, con el papel decisivo desempeñado en el fracaso del referéndum sobre el proyecto de Constitución Europea. Todo esto explica las derrotas en cadena en las elecciones presidenciales desde la salida del poder de François Mitterrand en 1995 -cuyo emblema es el traumatismo de 2002 que vivió Lionel Jospin, al que aventajó Jean-Marie Le Pen y quedó excluido de la segunda vuelta-, la decadencia de un partido atenazado entre una derecha renovada y el empuje de la extrema izquierda, personificada en el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) de Olivar Besancenot, y la atracción que ejerce la política de apertura de Nicolás Sarkozy en muchos de los dirigentes socialistas más populares, como Bernard Kouchner, o más competentes, como Jean-Pierre Jouyet.

La guerra civil que devasta al PS no ha permitido zanjar ninguno de sus dilemas fundamentales. De entrada, el liderazgo de Martine Aubry se debilita a causa de una designación controvertida por los múltiples fraudes que salpicaron el voto, por la guerrilla permanente a la que se va a dedicar Ségol_ne Royal, y también por la coalición heteróclita de los elefantes de la que emana, con lo que se corre el peligro de que el partido se vuelva poco gobernable. La rehabilitación de la estrategia de unión de la izquierda y el rechazo a la alianza con el centro dejan al PS sin un aliado de peso, mientras que la voluntad de reforzar el vínculo con los sindicatos tropieza con su balcanización, con la debilidad de su legitimidad y con la disminución de sus miembros. El desplazamiento hacia la izquierda de Martine Aubry, que restablece un discurso obrerista de lucha de clases en un contexto de crisis aguda del capitalismo, legitima a la extrema izquierda. La exaltación del antiliberalismo acentúa la singularidad de la izquierda francesa que, medio siglo después del Congreso de Bad Godesberg del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), no asume todavía su naturaleza reformista, y exacerba sus desacuerdos acerca de Europa. En total, lejos de reforzar al partido socialista, la entrada en crisis del capitalismo global subraya su incoherencia y su oscilación entre la socialdemocracia y un populismo que comulga con el rechazo conjunto de la economía de mercado y de la construcción europea. Desde este punto de vista, el PS ejemplifica la paradójica situación de la izquierda europea que, al mismo tiempo que la crisis rehabilita la intervención del Estado, la regulación y el gasto público o los principios keynesianos, se encuentra prisionera del desacuerdo, como en Alemania o en Italia, dividida entre el reformismo y la demagogia, y desestabilizada política e ideológicamente por la crisis de una globalización que continúa a comienzos del siglo XXI y que no llega a creerse.

El partido socialista no está amenazado ni de disolución, ni de escisión, habida cuenta de las normas de financiación de la vida política en Francia. En cambio, sus resultados serán perpetuamente inferiores a su potencial electoral, que sigue siendo considerable.

En primer lugar, es probable que los electores sancionen los desgarramientos del congreso de Reims, igual que desaprobaron los choques del congreso de Rennes en las regionales de 1992 y en las legislativas de 1993. Por otra parte, el NPA de Olivar Besancenot y el Movimiento Democrático (MoDem) de François Bayrou se consolidan y no van a dejar de discutir al PS el liderazgo de la oposición. El modelo de un socialismo municipal, basado en un partido de cargos electos profundamente arraigados a nivel local pero incapaces de constituir una alternativa a nivel nacional, tiene por tanto todas las probabilidades de perdurar: el PS sigue siendo capaz de ganar elecciones -como se demostró en las últimas municipales- pero no de dirigir el país. Entre los comunistas y nosotros, no hay nada, decía Malraux en la época de la IV República. Actualmente, entre la Unión por un Movimiento Popular (UMP) y el NPA, no hay gran cosa, salvo desacuerdo y confusión. Y salvo la calle que, en un contexto de intensa crisis económica y social, constituye el mayor peligro para Nicolás Sarkozy.