La gran extorsión

POR IRENE LOZANO
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Pese a los muchos elogios que está recibiendo el primer ministro británico, Gordon Brown, por su actuación ante la crisis financiera, nunca se subrayará suficiente la genialidad de su decisión más audaz: aplicar la ley antiterrorista a la banca. La quiebra masiva de bancos de Islandia ha provocado pérdidas a más de un centenar de ayuntamientos británicos y a unos 300.000 particulares. Como el gobierno islandés se ha negado a garantizar los depósitos de sus bancos en el extranjero, el Reino Unido los ha congelado por las bravas. Quién nos iba a decir a los que criticábamos los esfuerzos de Blair por relajar las garantías de los detenidos que un día la letra pequeña de sus leyes antiterroristas pondría un destello de lógica en medio de la indecencia.

El diferendo se solucionará por vías diplomáticas, pero de momento nos ayuda a dar nombre preciso a los acontecimientos. En los últimos años, directivos bancarios han estado jugando a la ruleta, especulando y ganando dinero con operaciones de altísimo riesgo que los acercaban cada vez más al precipicio. Cuando el tinglado se ha venido abajo, han dicho: ustedes verán, si nos dejan caer, nos despeñamos todos. Esto se llama extorsión. Y los gobiernos, en lugar de apuntar sus cañones a las Islas Caimán, que es lo que nos pide el cuerpo, han cedido aflojándose el bolsillo a todo correr; nuestro bolsillo, esto es.

Incluso aceptando que no haya alternativa, los gobiernos -al menos los que se dicen socialistas, como el nuestro- podrían admitir que el robo se está tapando con un desfalco. Podrían ahorrarnos el discurso de justificación y empatía hacia los extorsionadores. Pero se ve que padecen el síndrome de Estocolmo. Gordon Brown es brillante.