Gobierno de maniquíes

GABRIEL ALBIAC
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TODOS reían mucho. Hacían bien. La vida es bella. La suya, sobre todo. Son guapos, ricos. Les pagamos, porque son guapos y ricos. A ver, si no, por qué otra cosa. Ríen. Con cargo a nuestros impuestos. Encima, les votamos. ¿Somos imbéciles todos? Puede que sí. Lo parecemos, en todo caso. Y seguimos votando. En silencio.

Un desfile de modelos. Eso es hoy la política. Tiene razón la agencia publicitaria a la cual desde la transición llamamos PSOE: quien sueñe hoy con otra política está muerto. O es un iluso. Política es este pase de modelos sobre alfombra roja. Nuevos ricos que exhiben galas glamourosas en tiempos de la pobreza más extrema. Políticos obscenamente satisfechos: pajines, blancos, salgados... Mimando dengues de los guapos oficiales, que les hacen de maestros de ceremonia. ¿Quién es aquí el actor, quién el guionista? ¿Los de la ceja alzada o bien la cejijunta De la Vega? ¿Los anabelenes de guardia o bien la parejita Zapatero? ¿Blanco o vaya usted a saber qué cantarina de la SGAE con cargo a Hacienda? No es ya siquiera ira moral lo que pone esa imagen del pasado fin de semana. Es vergüenza. Insoportable. Vómito. Vómito.

Y es cierto que la identidad entre política y escena define lo más propio de la política moderna. Desde final del siglo XVIII. Michelet hace arrancar la caída de Robespierre de una escenografía mal planificada: la del verano de 1794 que festejaba el nuevo culto religioso, que, al menos, lo era de la Razón. No se equivoca el autor de la monumental Historia de la revolucion francesa. Desde su nacimiento en 1789, la política moderna se ajusta, como a un guante, a la lógica del espectáculo, que es la ineludible lógica publicitaria del mercado. Pero, al menos, los escenarios efímeros de aquellos años los diseñaba Jacques-Louis David, que fue el mayor pintor francés de su siglo. Ahora, es cosa de escaparatistas y cantautores.

En 1967, Guy Debord dio análisis a eso a lo cual llamó «sociedad del espectáculo»; después procedió a destruirse, porque ningún camino quedaba abierto tras la glacial lucidez de aquel primer, profético, libro suyo. No conozco confirmación más cínica del análisis debordiano que el desfile de alta costura ministerial presidido por Zapatero y su señora para exhibir proclama de una bella «economía sostenible» de diseño, acerca de la cual no fue allí formulada una sola palabra: ¿para qué una palabra, si se tiene un torrente de imágenes monísimas? O, más que confirmación, caricatura. Pero tal vez ya sólo las caricaturas aportan votos en una sociedad perfectamente idiotizada, en la cual guapos maniquíes parasitarios y semianalfabetos juegan solemne papel de asesores áulicos.

No ha existido un mundo así en la historia moderna, en la historia. Si al más necio de los monarcas absolutos se le hubiera ocurrido hacer ostentación tan bestia de su corte y privilegios, lo de 1789 en Versalles hubiera sido un guateque. Lo de actores, actrices, ministros y ministras, presidentes y cónyuges, maniquíes y maniquíes, desfilando modelitos sobre pasarela roja justo cuando el desastre económico pone al borde del abismo a cada anónimo ciudadano, es lo más ofensivo que recuerdo en política. No quiero exagerar; he visto cosas más horribles: a ladrones y asesinos en los gobiernos Gal-Filesa de Felipe González. Lo que no he visto es un gobierno tan ofensivamente sin vergüenza. Cuesta creer que eso que he visto en las imágenes haya de verdad sucedido.

Al final, todos rieron. Se rieron. De nosotros. Tienen razón. Porque nosotros seguiremos votando. Seguiremos pagando. A pésimos actores. En cochambrosa escena. En corruptos gobiernos.