Generar empleo, un reto constante

SANTIAGO GRISOLÍA, Bioquímico
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MI amiga la doctora María Cascales insiste en que todo tiene un fundamento económico, y parece que tiene razón.

Peter Medawar, distinguido Premio Nobel de Medicina o Fisiología por sus trabajos sobre los mecanismos de rechazo de los transplantes que dio lugar al concepto de tolerancia inmunológica adquirida, es conocido también como filósofo y por la rotundidad de sus frases. Afirmaba que hay disciplinas que se quieren llamar ciencia que no lo son y que no lo pueden ser, como la Economía, porque no pueden predecir, sino que producen teorías y aún así parecen no aprender de experiencias del pasado, cosa frecuente entre los humanos. Pero mi amistad con un gran número de excelentes economistas, entre los que se encuentran los pertenecientes al Alto Consejo Consultivo de la Generalitat Valenciana, compuesto por los ganadores de los Premios Rey Jaime I, me hace, aunque soy bastante consciente de las limitaciones de la economía, con toda mi admiración por Medawar como científico, afirmar que estaba equivocado en su afirmación sobre esta ciencia y sus posibilidades.

Algunos de mis amigos economistas, capitaneados por Juan Velarde, conscientes de la importancia de interrelacionar áreas de conocimiento, realizaron hace una década una reunión en la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados sobre Bioeconomía, que podría contribuir a la solución de algunos aspectos de la actual crisis económica. Me refería a esta posibilidad en un reciente artículo publicado en un diario valenciano, pero enviado, tal como se indicaba en él, al Gobierno. Entre las sugerencias propuestas figura la necesidad de tomar algunas de las ideas hoy prácticamente olvidadas del economista británico John Maynard Keynes. Keynes contribuyó decisivamente a la creación de la macroeconomía, y muy partidario de que el gobierno utilizara las políticas fiscales para propulsar la economía en los momentos de crisis. Por todo ello me parece oportuno recordar al lector, que después de todo es el contribuyente, algo de lo que decía Keynes.

En 1936 publicó una compilación de sus ideas bajo el título «Teoría General del Empleo, del Interés y del Dinero». En este volumen aborda los tres aspectos tradicionales de la economía, que las depresiones y el desempleo son hechos de la Providencia; los hábitos de ahorrar y no malgastar en pequeñeces son virtudes; y que cuando un gobierno entra en quiebra generalmente es porque gasta más de lo que ingresa. Una de sus afirmaciones más revolucionarias era que la verdadera causa de la aparición de parados era una política de inversiones insuficiente.

A la filosofía de alterar el presupuesto balanceado la llaman Nueva Economía, pero en realidad no es nueva. Hace ahora más o menos unos 80 años que Keynes se dio cuenta de que los problemas del siglo XX no se podían solucionar con remedios del XIX, como ahora tampoco.

Le pareció a Keynes que el capitalismo sin problemas de política de no intervención debería ajustarse a cambios para mantenerse y sus teorías de cómo modificarlo eran un compromiso entre el espíritu saqueador capitalista y el fervor revolucionario del marxismo. También pensó que debía influenciar a líderes políticos y una de sus más importantes contribuciones fue escribir cartas de consejo a presidentes y ministros, que fueron publicados en su libro «Ensayos de persuasión». Mucho me gustaría que los muchos y distinguidos economistas del país hagan lo mismo.

Keynes afirmaba que la inflación es el comportamiento normal del sistema de libre comercio, que la falta de empleo es la enfermedad que puede matar al capitalismo y que el mayor problema para el Gobierno es precisamente éste.

No quiero seguir con más detalles puesto que se pueden encontrar fácilmente en un artículo muy antiguo pero realista que recomiendo, titulado «The New Economics: a Compromis With Free Enterprise» en The Great Innovators, de los editores de News Front/Year.

Muchos economistas estuvieron con él y su primer objetivo fue el presidente Franklin Roosevelt al que mandó muchas misivas durante la recesión que siguió a la crisis de Wall Street en 1929. Roosevelt, sin duda percibiendo la importancia de las ideas económicas de Keynes, abordó lo que se llamó New Deal.

Pero las crisis financieras no acabaron con las medidas tomadas por Roosevelt, ni con el gran avance económico que significó el final de la II Guerra Mundial para Estados Unidos. Cuando el presidente americano Johnson propuso su Presupuesto Federal al Congreso en 1965, representó una revolución en la política fiscal americana. Por primera vez la Administración planeaba un déficit incluyendo una disminución de los impuestos y un aumento de los gastos gubernamentales como un método de estimular la economía y reducir el desempleo.

Precisamente ahora hay una especie de revolución en EE.UU. porque han descubierto que con el aumento del coste del petróleo el Gobierno de Irak tiene un superávit almacenado en los bancos americanos de cerca de 80 billones de dólares americanos, mientras que el déficit americano es enorme. Por lo tanto, ese dinero debería de gastarse de acuerdo con las ideas de Keynes.

En resumen, Keynes dijo que es responsabilidad del Gobierno estimular la economía en gasto público cuando hay desempleo, aunque los gastos sean superiores a los ingresos.

Creo que es el momento de que el Gobierno y las Comunidades mejoren la inversión en parques, planten árboles en este país, sobre todo en el sur que se está convirtiendo en un desierto. Es el momento de mejorar muchas infraestructuras generales impulsando el olvidado por muchos años sistema de ferrocarriles, no solamente los trenes de alta velocidad, sino también el transporte de mercancías, que absurdamente se traslada mayoritariamente por carretera a un coste muy elevado tanto económico como climático.

Como ejemplo específico ya podría el Gobierno no solamente terminar, como lo está haciendo, la vía rápida por mucho tiempo olvidada Madrid-Valencia, también utilizar y mejorar la antigua red de mercancía del puerto de Madrid que es Valencia. Y como éste hay millones de ejemplos que deberían de hacerse y tener en cuenta.

El doctor Millán Millán asegura que si se creasen bosques de 10 por 10 kilómetros tendríamos lluvia mucho más frecuente en la Comunidad Valenciana que tanto necesita.

Como ya he dicho, parece que olvidamos fácilmente; lo que no es de extrañar, pues sucede en todos los campos, especialmente con las buenas ideas del origen que sean. Quizá porque a todos de jóvenes nos desagrada volver al pasado, en un deseo de ser innovadores. También es cierto que, como he dicho muchas veces, la ciencia no avanza más rápidamente porque los científicos en general somos muy longevos y nos desagrada abandonar nuestras ideas. Habríamos todos de ser más razonables y generosos intelectualmente.

Aunque sea un pequeño ejemplo a mí me alegra, como miembro del Consejo Valenciano de Cultura y por nuestra preocupación por los incendios, el que recientemente ha aprobado un documento sustancial para la protección de los bosques, de la huerta, de los jardines, pero no es suficiente. Se necesita mucho más en ese camino, tal y como indicaba Keynes. Escribo estas líneas con la esperanza de que alguien que realmente sepa de economía se decida a presentar iniciativas que sirvan a nuestros políticos para salir del atolladero.