«General, usted es culpable de genocidio»

Ramiro VILLAPADIERNA
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«Usted estaba allí, general. Usted es culpable». Estas grandes palabras, a las que el juez Almiro Rodrigues puso acento portugués, casi música, sonaron ayer en La Haya; y no quedarán ahí. Todo el que venga detrás o por encima del general Krstic será juzgado contra el hecho probado de que en Bosnia hubo un genocidio.

Como todos, fue cometido en nombre de la superioridad de un pueblo. Inusitadamente, sucede en estos casos que el superior siente el impulso de eliminar al inferior, como si le manchara el aire.

Es genocidio, según la ONU, el «intento de destruir, en todo o en parte, a un grupo» distinto al propio. La Haya estimó ayer que, quienes tenían mando, estaban obligados a saber que «la acción combinada de ejecuciones y expulsión» buscaban acabar con la presencia de un grupo en una región. «Usted consintió en el mal», echó el juez en cara al general. Lóbrego, a Krstic se le retiraban los párpados hacia atrás escuchando determinadas frases del juez.

Por primera vez desde Nüremberg, se ha sentenciado un caso de genocidio en Europa. De la naturalidad del horror y de la vergüenza escribía por entonces Hannah Arendt. «No es tan difícil (ser un genocida)», decía Arendt, «ella los conoció y, quien anduvo en Bosnia, hasta les dio la mano».

En los Países Bajos, cuyos «cascos azules» tal vez midieron lo que les quedaba para la pensión contra la vida de aquellos infelices que entregaron a Krstic, el sol se levanta aún con vergüenza cada mañana. Y París no ha explicado aún por qué uno de sus más altos generales parlamentaba con Krstic y los suyos horas antes de la tragedia.

Seis años después, el horror de Srebrenica reverbera aún contra las paredes de Europa. La primera condena por genocidio desde la II Guerra Mundial, en las tensas y articuladas palabras del juez portugués, probablemente sonaron a muchos a música celestial. Lástima que entonces nadie hiciera una canción.