Garzón, en el Cerro del Fantasma

TOMÁS CUESTA
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LA vida española es como una sesión de espiritismo atiborrada de espectros obsesivos y trasgos ululantes. Una estación de paso (y de penitencia, claro) entre un más allá imposible y un más acá improbable. Una tierra de nadie en la que el batallador recuerdo del capitán Lozano renace en las batallitas infantiles de Baltasar Garzón, don Baltasar Garzón, San Baltasar Garzón de ahora en adelante. Tan memorable, si no histórica, ha sido esta semana que incluso las memorias del alguacil alguacilado han salido a galope del rincón de los libros sufridos y olvidados. O sea, que, en cierto modo, han salido del almario. En las páginas de «Un mundo sin miedo» (que es un desahogo prematuro, pero premeditado hasta las cachas) el personaje se retrata tal cual era o, mejor dicho, tal y como se soñaba. Al cabo, tanto da. Verdaderos o falsos, los avatares del pretérito alumbran las aventuras actuales. Porque en la mocedad rebelde, indómita, arriscada, se adivinaba ya al adalid de la justicia, al desfacedor de entuertos, al sostén de los débiles, el caballero andante. Al temerario «freedom fighter» jienense que pasmaría al mundo más pronto que tarde.

Tristes tiempos aquellos en los que «llevar la revista Triunfo bajo el brazo representaba un desafío, un voto de censura a una realidad mostrenca y asfixiante», señala nuestro héroe con absoluta sencillez, sin dárselas de nada. A fin de cuentas, no todo era tan malo: «También pudimos disfrutar de algunas alegrías como la Revolución de los Claveles en Portugal, el 25 de Abril de 1974», añadirá a continuación sin pretender cargar la suerte ni las tintas dramáticas. «Fue mi primer enfrentamiento con la policía armada española (sic), que pretendía arrebatarme el clavel rojo que llevaba sujeto entre las hojas del libro de derecho civil». El de civil, casualmente. No el de procesal o el de romano. Ni Sthendal redivivo se habría expresado con más arte.

Baltasarcito se concienció enseguida, antes de abismarse en el seminario. De la Guerra Civil tuvo noticia exacta de labios del tío Gabriel, el hermano mayor de su madre, a lo largo de prolijos intercambios en lo que aún no veía amanecer, pero por ahí le andaba. «Son tantas las historias que escuché, tantos los atropellos que me relataron que, de alguna forma, quedaron grabadas en MI ánimo y decidí, siendo un niño, que tenía que hacer algo». Y a fe que lo ha logrado. De hacerla, hacerla gorda, según sentencia el clásico...

Con esa determinación y ya en la Universidad, Garzón da un paso al frente, pero el Destino, ¡ay!, se le adelanta y una tromboflebitis le arrebata la presa antes de darle caza. Franco, la «bestia» que es como él le llama, murió en la cama, en 1975, un año «especialmente conflictivo», cuenta el magistrado. Cuenta y no para: «Los cierres de las universidades en toda España se sucedían al ritmo que las huelgas se convocaban. Fue en febrero de ese año cuando volví a enfrentarme directamente con la policía, primero en la Facultad de Derecho y luego en la de Medicina donde nos hicieron una encerrona con caballos, jeeps y material antidisturbios. Una persona murió aquel día en Sevilla. Era el precio de la lucha por la libertad». ¿Miedo? ¿Quién dijo miedo? Espeluznante.

Cuánto ha cambiado la Universidad después de treinta y cinco años. Sin embargo, el mismo protagonista pretende escenificar el mismo cuadro. Todavía está anclado en sus memorias, despachando gasolina con su padre en la estación de servicio del Cerro del Fantasma. Allí donde coinciden la obcecación y la amnesia, donde los rencores se visten de gala.