Luis Ventoso

Se gana hablando

Lo de Rivera ya lo sabían Aristóteles, Demóstenes, Cicerón… pero no Rajoy

Luis Ventoso
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Al margen de la suerte, que existe y desnivela, hay tres herramientas cruciales para el éxito: el trabajo, la capacidad de convencer a los demás y las ideas. Lo que cambia el mundo son las ideas, que constituyen el don más escaso y valioso, lo medular. Pero también hay quien triunfa en la vida sin el tesoro de una mente creadora, pues si eres persuasivo y currante puedes lograr dar el pego, aunque en realidad no estés aportando nada nuevo. Para convencer a los demás se utiliza la oratoria, el arte de persuadir por medio de la palabra. Aunque tendemos a pensar que el mundo se ha inventado esta mañana en Twitter, de la retórica ya se ocupaban en el siglo IV a.C. un par de tipos de barba no hípster y bastante despejados, Aristóteles y Demóstenes. El filósofo le dedicó incluso uno de su magnos tratados, donde distinguía y estudiaba el ethos (la imagen de respetabilidad y confianza que el orador debe ofrecer), el logos (la propia argumentación) y el pathos (la manipulación emocional del público). Cicerón tomó nota y un par de centurias después asombró a la República romana con su verbo. El hilo ha continuado hasta hoy. Lo sabe bien cierto vendedor llamado Barack, que anotó en uno de sus libros esta delatora frase: «Con las palabras correctas todo se puede cambiar». La manera de hablar de Obama se estudia hasta en las escuelas de negocios. Todo está medido y ensayado. El juego de manos, que envuelve al público y hace dinámica la exposición. Unos ojos que parecen posarse en cada oyente, mirando a un lado, luego a otro y después al centro. Silencios calculados tras cada frase que se pretende memorable. Aliteración de tres propuestas en una sentencia, nunca más, pues tres es el número mágico para impactar. Inflexiones de voz, que baja para impostar trascendencia o sube para transmitir energía. Estudio dedicado de los sermones eclesiales y de oradores de leyenda, como Lincoln, Luther King o JFK.

En el teatro Bretón de Salamanca se disputó en mayo de 2001 la segunda final de la Liga Nacional de Debate Universitario. Alcanzaron la finalísima un equipo de Derecho de la Ramón Llull de Barcelona y otro de la Universidad de Córdoba. El tema fue: «¿Es la prostitución una profesión equiparable al resto?». El equipo catalán se había preparado durante meses. Horas y horas ensayando con un profesor peruano experto en oratoria. Vestidos con trajes claros y corbatas naranjas, arrollaron. Su último orador, el que se metió al público en el bolsillo, fue un tal Albert, de 21 años. Los convenció por completo de que la prostitución era una profesión homologable (y si hubiese sido menester los habría persuadido exactamente de lo contrario).

Rivera, que según él mismo ha contado ha sido votante de PP, PSC y CiU, vive para convencer (aunque venda alguna moto, como que implantará sueldos del Estado para ayudar a llegar a fin de mes, trola cósmica tal y como están las arcas públicas y las cuentas de la Seguridad Social). Mariano en cambio se fumó la clase de retórica. Tal vez estaba en la cafetería de la facultad. Jugando al dominó.

Un pico de oro desnivela. Ya lo sabía Cicerón en el foro romano. Y faltaban veinte siglos para la llegada de la tele.

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