Editorial ABC

G-20: Trump rebaja la tensión

El presidente americano aprovecha la ocasión para aflojar un poco la cuerda en su guerra comercial China, una batalla que tenía en vilo a muchos países, víctimas colaterales del rifirrafe

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El G-20 fue creado como un foro para tratar de afrontar los principales problemas de la economía mundial, como un órgano que no es ni tan selecto como el G-7, en el que solo participan las principales potencias del mundo, ni la Organización Mundial del Comercio (OMC), que por sus dimensiones y diferencias resulta una estructura prácticamente imposible de mover. Se trataba de establecer un foro de diálogo entre los países más ricos y las que se consideraban como economías emergentes, a las que tarde o temprano se esperaba en esa «primera división» de la economía mundial. Y sin embargo, la reunión que acaba de tener lugar en Osaka (Japón) ha sido prácticamente una negociación bilateral entre las dos mayores economías mundiales, Estados Unidos y China, o, en el mejor de los casos, un diálogo de sordos entre el presidente estadounidense, Donald Trump, y todos los demás.

Por ello hay que lamentar que haya sido una ocasión perdida para abordar los principales problemas que afrontan ahora prácticamente todos los países sin distinción y que tienen que ver, por un lado, con el problema energético y sus consecuencias respecto al cambio climático por un lado, y por el otro con la fiscalidad de la economía globalizada que está causando estragos en la cuesta de ingresos de numerosos países. Respecto a la cuestión climática, se ha producido un acuerdo entre todos menos Washington, lo que no contribuye a promover el mensaje de mantener la prudencia en la gestión medioambiental. Y en cuanto a la figura de los impuestos a las grandes compañías que obtienen mayores beneficios en todo el mundo, pero solo pagan impuestos en algunos países con condiciones favorables (cuando no en paraísos fiscales), el asunto ha quedado sin resolver.

Es positivo que Trump haya aprovechado la ocasión para destensar un poco la cuerda en su política de amenazas a China y que haya anulado buena parte de sus anteriores directrices sobre vetos a compañías tecnológicas como Huawei. La verdad es que este estilo de negociar en voz alta -cuando no a través de Twitter- que practica el inquilino de la Casa Blanca es cada vez menos creíble. Así parece vista de la sucesión de declaraciones destempladas que anuncian una medida para después anularla con la misma frivolidad. Ya roza los límites de su credibilidad. El caso del ataque militar contra Irán, ordenado y anulado en cuestión de minutos, ha sido el ejemplo más dramático, pero no el único. Esta actitud puede ser buena en la práctica de negociación entre compañías privadas, pero en la gestión internacional pierde solidez a marchas forzadas.