El futuro no era esto

Por César ALONSO DE LOS RÍOS
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Fiel a la cita del nuevo milenio, Amando de Miguel ha hecho en «Las profecías no se cumplieron» un examen crítico de la literatura de anticipación y de la futurología. Quiero decir que las ha confrontado con la realidad y como no podía ser de otro modo las páginas destilan melancolía e incluso pueden provocar un real regocijo a los que tienen un cierto respeto por la Historia. Por otra parte, desde esta altura de la globalización, de las emigraciones y de las pestes del hambre y los nacionalismos, esta revisión cultural resulta especialmente irónica.

Desfilan ante el lector de forma patética visionarios y tecnólogos, economistas y novelistas, casi siempre desbordados, ridiculizados incluso, en sus intentos de apresar el futuro... Entre los testimonios más cercanos el autor ha elegido uno especialmente interesante para un español de hoy: se trata de una encuesta entre «famosos» sobre el año 2000 que hizo el periódico «Ahora» en 1932. Las respuestas nos vienen a dar un retrato de la sensibilidad del momento español ante la modernidad científica, tecnológica, social. Así, Ricardo Zamora opinaba que habría que ampliar las medidas de los campos de fútbol habida cuenta el crecimiento de estatura de los jugadores; según Romanones, de la Monarquía no quedaría ni el recuerdo; el capitán Yglesias aseguraba que los aviones no superarían los 1.500 kilómetros por hora; Nicolai creía que la investigación científica no daría demasiadas sorpresas a lo largo del siglo; Marañón no iba muy desacertado en sus previsiones (la Humanidad muere por una necesidad de espacio vital) aunque se equivoca al prever la desaparición de la medicina privada; el arquitecto Zuazo aventuró autopistas tipo M-40 pero como cinturones que rodearían las ciudades y se equivocó al suponer que Barcelona tendría un crecimiento de población superior al de Madrid, mientras la imaginación del ingeniero y poeta palentino Francisco Vighi esperaba adelantos tecnológicos mayores que los que hemos experimentado; el erótico Zamacois preveía la desaparición de la prostitución y el triunfo del amor sobre el sexo; Félix Lorenzo, director de «El Sol», anticipaba la desaparición de la prensa escrita, especialmente la de opinión, ya que ésta se formaría a partir de la radio y la «telefotografía» (la televisión); por fin, la actriz Catalina Bárcena se acercó a la verdad al decir que el teatro quedaría subsumido en parte por los programas dramáticos de la radio.

Los errores que denuncia esta encuesta casera son livianos al lado de los cometidos por expertos, ya sea por exceso o por defecto; Arthur Clarke imaginaba en 1962 el final del ferrocarril y aventuraba para ya colonias en la Luna; Bromberger insiste en 1964 en la sustitución de la cultura del papel por la de la «cinta magnetofónica» o de otros soportes; según éste, deberíamos estar disfrutando ya de teléfonos móviles con pantallas de televisión; para Werner von Braun, en 1985 tendríamos que haber tenido viajes rutinarios a Marte y Venus desde las bases lunares; según el magnífico crítico de arte Herbert Read, en 1985 debería haber dejado de existir el cine. Y en esta revisión, Amando de Miguel no podía dejar de citar la obra clásica «El año 2000», de H. Khan y A. J. Wiener, en la que se enumeran un centenar de innovaciones, de las que se ha cumplido una buena porción aunque han quedado para la utopía el control del clima, la hibernación del cuerpo humano, la conexión de los aparatos electrónicos con el cerebro, la energía de fusión nuclear... y sobre todo ese clima de optimismo y felicidad que debería acompañar todas estas conquistas.

Pero, ¿acaso no han quedado desbaratadas por la realidad, también, las anticipaciones más catastróficas?

Hay algo que agradecer al autor, más allá de la calidad de la aportación informativa. Me refiero a su contención ante las tentaciones ideológicas que podrían haberle asaltado constantemente. Ni siquiera cae en la defensa del relativismo. Por el contrario, apela a una tranquila y «progresiva conquista del futuro».