El futuro está en los tribunales

Por César ALONSO DE LOS RÍOS
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No comparto la idea de los que piensan que el Gobierno está pasando por un mal momento, del que pueda seguirse un desgaste electoral. Se trata de problemas que o vienen de fuera o proceden de actuaciones correctas. En el caso de las «vacas locas» o del uranio empobrecido tan sólo se pone a prueba la capacidad del Gobierno para la comunicación. Respecto a los dos casos de enfrentamientos del Poder Judicial contra el Ejecutivo y el Parlamento, hay una conciencia muy generalizada de que se está ventilando no la forma de gobernar del PP sino una concepción del sistema democrático. La acusación de «desacato» que ha hecho CC.OO. al Gobierno por recurrir la sentencia de la Audiencia Nacional es la mejor prueba de lo que estoy diciendo.

A mi entender el momento político es de una gran labilidad. Quiero decir que en el caso de que se diera un desenlace favorable para el Gobierno en algunas de estas cuestiones determinaría un cambio de gran alcance en la opinión pública y, por lo mismo, en la relación de fuerzas entre los dos grandes partidos.

Rodríguez Zapatero está jugando a una política solo aparentemente segura. En realidad, muy poco segura. El PSOE está haciendo la oposición a partir de los problemas que le surgen al PP; construye su programa con el material que se le acumula fortuitamente a aquél. ¿Puede construirse una alternativa con problemas sobrevenidos, especialmente cuando algunos de ellos deberían exigir no tanto actitudes de oposición cuanto de solidaridad? En todo caso, una propuesta hecha de material de aluvión, termina por mostrar su oportunismo de origen. Pero hay más: cualquier éxito del Gobierno o cualquier evolución positiva de la realidad pueden dejar en evidencia —en la desnudez— al protagonista. No es prudente confiar todo en la fortuna (decían los clásicos).

El PSOE está equivocándose desde hace mucho tiempo al querer aprovechar cualquier problema para hacer oposición. Estos días está sufriendo un gran revolcón con motivo del procesamiento de Pinochet. Se empeñaron en demostrar que el comportamiento del Gobierno de Aznar en este pleito venía a demostrar la pervivencia de viejos compromisos totalitarios. Hoy podemos ver que, como dijimos algunos, la dignidad y el futuro democrático de Chile dependían del procesamiento de Pinochet en Santiago de Chile, pero ¿qué podía importarles esto a los que se ciegan ante la posibilidad de cualquier tipo de oposición?

El caso de la utilización del uranio en Yugoslavia ha pasado a segundo plano. Es lógico porque ¿qué crítica podría hacer el PSOE al PP en este asunto de la guerra?

La acumulación de los problemas está produciendo un doble espejismo: al PSOE le proporciona la ilusión de tener un programa; al PP le da la inseguridad de lo que escapa a las posibilidades de la mayoría absoluta. Dicho esto, cada día que pasa, el Gobierno va perdiendo la mala conciencia por unas responsabilidades bien conocidas por los ciudadanos. La gente está informada y desde luego no se presta a la manipulación que desearían los políticos. Las gentes saben dónde está el origen —estructural— del mal y cuáles son los responsables. Desde el punto de vista del Gobierno español, todo está quedando reducido a una gestión subordinada y a una traducción de la comunicación que viene de la Unión Europea y de los científicos.

Pero si el mal de las vacas difícilmente puede alterar la relación de las fuerzas electorales, tampoco creo que al PP se le escapen votos por sus posiciones ante el problema de la emigración. Por el contrario, se priman las políticas cautas tanto como se teme la demagogia. Estremecería un Gobierno laxo en este punto. Pero lo que puede, como he dicho, favorecer de forma importante al Gobierno sería la victoria del PP en los dos pleitos en los que se ventila la separación de poderes. Y más que un triunfo del PP lo sería del sistema.