Fumar puede enriquecer

POR LUIS CONDE-SALAZAR INFIESTALo que hoy es un vicio sanitariamente reprimido

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POR LUIS CONDE-SALAZAR INFIESTA

Lo que hoy es un vicio sanitariamente reprimido, espacialmente limitado y socialmente censurable, este de fumar, vivió momentos de gloria, en especial en los siglos XVIII y XIX cuando, tras su comercialización masiva, se convirtió en marca de distinción en los ambientes refinados e intelectuales de la sociedad y también en las atmósferas «bajas» replicantes de aquéllas. El siglo XX y su pléyade de canallas cinematográficos con estilo se ocuparon de popularizar a nivel global el consumo adulterado de las hojas enrolladas de esta planta, de origen incierto, que tuvo en la América española y Filipinas un ambiente idóneo para su crecimiento y desarrollo y, consecuentemente, para el engorde de los bolsillos de los comerciantes en esta materia. Uno de ellos fue el avispado indiano Antonio López y López de la Madrid (1817-1883), nacido en Comillas (Alfonso XII le concedió el marquesado de esta villa santanderina por sus servicios a la patria en la Guerra Hispano-Americana), que emigró a pronta edad a Cuba, donde hizo fortuna y contrajo matrimonio con la criolla de ascendencia catalana Luisa Brú. De regreso a España se instaló en Barcelona. Era ya un potentado en 1853, año en el que nació su hijo, Claudio, segundo marqués de Comillas y continuador de la que se convertiría en importante saga de empresarios (navieros, industriales y banqueros), además de notables mecenas de las artes. Ellos fueron los impulsores, entre otras cosas, de la distribución de la obra del poeta Jacinto Verdaguer, autor de «La Atlántida», que además de capellán del palacio de los marqueses fue también su amigo y confidente hasta su muerte, ocurrida en 1902. Sobre ambos versa la novela «Tabaco» del barcelonés Ramón Vilaró (Vich, 1945), un relato de saga familiar por cuyas páginas van transitando personajes de la política y la cultura españolas de finales del siglo XIX y principios del XX como Gaudí, Mossén Cinto, el citado Verdaguer, Güell o el propio Rey Alfonso XII, además de otros nacidos de la imaginación del escritor. Señala Vilaró, periodista corresponsal de diferentes periódicos españoles, que conoció la trayectoria de Antonio López en un viaje a Manila (donde el comerciante fundó la Compañía General de Tabacos de Filipinas) y se dio cuenta de que «debería ser una figura de estudio obligatorio en las escuelas de negocio». Y aunque el talento no se estudia, sí es cierto que la sagacidad de ambos personajes, especialmente la del fundador de la estirpe, merece un trato de favor en los registros históricos del comercio ultramarino, ya que estamos ante uno de los impulsores más notables de la marina mercante española. Con la muerte del patriarca toma las riendas del negocio su hijo, presidente de la Compañía Transatlántica Española durante el conflicto armado con Estados Unidos, patriota, filántropo y hombre extremadamente religioso, que llegó a ser considerado en un artículo publicado en «El Siglo Futuro» como «el limosnero mayor de España en el pasado y el presente siglo» por sus altruistas donaciones a las clases más necesitadas. Una novela de atmósfera humeante, apasionante y dinámica, de largo recorrido temporal, que desvela muchas de las claves de la política y la sociedad española en los difíciles años del ocaso decimonónico y los primeros de la pasada centuria.