Fuera libranzas

Por PABLO PLANAS
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La crisis del «Prestige» desengañó a quienes pensaban que los ministros eran como las farmacias 24 horas. Esa encomienda no imprime carácter y el cuerpo social requiere ejemplos de perfección que no tendrían sentido si la excelencia fuera natural. Los ministros cazan, pescan, fuman, dudan, pasean, se despistan y hasta leen periódicos, como la mayoría de los ciudadanos. Su problema es que para sus electores e incluso para quienes no les han votado, deben ofrecer imagen, estilo y, sobre todo, un rictus de severidad cuando vienen mal dadas. El caso argentino -que no tiene ni punto de comparación con el español, quede claro- demuestra a las claras que para la inmensa mayoría es indigerible el contraste entre una tragedia y la imagen de un político tumbado al sol, que es como estaba el presidente austral mientras los niños de Tucumán ocupaban las portadas de los periódicos. Aquí, donde el rasero de la moralidad oscila entre lo trágico y lo práctico, el hecho de que los ministros cacen o esquíen es incompatible con las tareas de limpieza de un chapapote que ya ha dejado de ser combustible para la oposición. Es decir, tan demagógico es remover con un palo una plasta de alquitrán como recibir un premio -digamos que el «chirimoyo de oro»- mientras el voluntariado reclama que le dejen trabajar en unas playas que entierran toneladas de improvisación, perplejidad y chapapote.

En términos políticos, el Gobierno ya no está contra las cuerdas porque el socialista Caldera se ha empeñado en demostrar que el error, la insensibilidad y la escasez dialéctica no son un patrimonio exclusivo de quienes gobiernan. Y tampoco está contra las cuerdas porque Aznar ha determinado que sus ministros no libran por Navidad, que es tanto como decir adiós a las perdices y el esquí de fondo, estampa navideña imposible de ligar con la salsa de la marea. No deja de ser un triunfo de Zapatero, que ha conseguido que el Gobierno aplique la estética de los telesillas vacíos para contrarrestar la fuerza de los vientos.